por Viviana Staiani (desde La Plata)
Cuando se hizo público el asesinato de Gastón Duffau en manos de la bonaerense, me vinieron a la mente algunas conversaciones que hemos tenido con los compañeros desde que el Ministro de Seguridad apareció con ese permiso inesperado, que causó malestar privado pero no reacciones públicas y ya está empezando a mostrar sus consecuencias, que fueron siempre obvias.
Si los derechos juegan un rol protagónico en el discurso político y este rol se entiende como un intento que el que anuncia o predica hace por formar parte de la estructura general de la sociedad, entonces digo que esta declaración es un juicio de valor, para ser instalado en el discurso político.
Es una valoración arbitraria sobre lo que está bien a partir de ahora, que yo lo digo. Dice Stornelli "hay que redoblar el poder de fuego de la policía." Y sobre lo que está mal, o lo que ya fue, lo que ya no sirve, que es limitar a la policía en su accionar criminal cotidiano, sanear las filas de delincuentes comunes y otras cosas que se han intentado sin grandes resultados hasta hoy.
Su frase entra a la escena de los hechos para ser reconocida como parte de la realidad.
Basándose en este discurso que impone, empieza a tener razón y a reconocer la existencia de una realidad universal y aceptada por todos: "la policía nos puede matar".
"La policía debe redoblar su poder de fuego", lo dijo el ministro.
Una vez reconocido como un derecho que la policía tiene o vuelve a tener, incluso redoblado, derivará la necesidad de aceptarlo y por ende observarlo.
Impone un discurso, que se pretende universal (venia de ganar) y esto lo habilita para tener una discusión que se pretende objetiva sobre un tema que el mismo levantó, basado en su ideología, la cual instrumenta como una regla.
Identifica un derecho y luego queda describir las implicancias que este reconocimiento acarrea y lo introduce en el proyecto general de la sociedad.
¿Es que lo tomará la gente?
¿Y si es verdad lo que dicen sobre los jueces? ¿Lo tomarán lo jueces? ¿Y volverá a la gente legitimado esta vez por el sistema en pleno funcionamiento?
Todo indica que sí.
Es un vaticinio con el que habrá que discutir en el día a día, en el escenario social, en el político, en el ejercicio de la profesión y, remontando lo regresivo del discurso expresado, esta vez desde la legitimidad del gobierno elegido.
Pasó con Rückauf, y la mano dura, que derivó en las reformas procesales y las consecuencias se ven hoy y se tornan irremontables.
El discurso político emitido desde el ejercicio del poder modifica los escenarios sociales y habilita discusiones y peleas que desde ese momento pasan a formar parte de la realidad y afectan la vida de todos.
Los exabruptos verbales de los gobernantes son regresivos en el proceso de acumulación de capital social y en materia de derechos humanos y en nuestro país, históricamente se pagan con la vida y la libertad del las personas y a la larga de los pueblos.
No terminamos nunca, siempre para atrás con este tema.
domingo, 10 de mayo de 2009
Redoblar el poder de fuego de la policía o permiso para matar
martes, 5 de mayo de 2009
Sacaaaaaá... a Ibarra de la política
Sólo un retiro definitivo, temprano (a lo Coria), puede hacer olvidar este bochorno. En la medida que este zombie siga en la arena pública, su mancha venenosa seguirá persiguiendo a todos los que hacemos política en el andarivel izquierdo de la calle.
Una de las tareas posibles de este 2009: purgar a la política de este recuerdo feo. Ni un voto de lástima por esto. Será justicia.
"Sacaaaaaá..."
NB: aparentemente el Grupo Clarín le exigió a YouTube que saque el video de su sitio. Si no lo podés ver aquí, se puede ver aún en http://www.montevideo.com.uy/notvideosflash_82050_1.htm
viernes, 24 de abril de 2009
A propósito de Lula (otra vez) en Argentina
OPINIÓN
Un largo camino ascendente
Gabriel Puricelli (Co-coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas)
La relación entre la Argentina y Brasil ha mostrado una mejoría y un estrechamiento crecientes desde que ambos países recuperaron la democracia, hace un cuarto de siglo. Ese derrotero positivo no era el único camino posible. Por el contrario, fueron los gobiernos democráticos los que optaron por abandonar el camino que conducía a ambos países a ser el espejo sudamericano del enfrentamiento entre la India y Pakistán y por dedicarse pacientemente a desarrollar medidas de construcción de confianza (con la creación de un régimen de transparencia en materia de energía nuclear que es un ejemplo de no proliferación exitosa), que posibilitaron luego la creación del Mercosur junto a Uruguay y Paraguay.
El impulso inicial de Raúl Alfonsín y José Sarney se prolonga hoy en la construcción de la Unasur y no se perdió nunca del todo: por más que Carlos Menem buscaba relaciones carnales fuera de la región, bajo su presidencia se firmó el Tratado de Asunción, y por más que los industriales de San Pablo miraran con apetito mercados de ultramar, Fernando Henrique Cardoso no descuidó el vínculo con Buenos Aires. La llegada de Lula al poder, un convencido de la unión sudamericana más allá de la retórica, hizo definitivamente más empinada una pendiente que ya era positiva.
La crisis global, bien mirada, puede ser la oportunidad para que esa voz diga lo que fue indecible bajo el imperio del neoliberalismo y señale una salida de desarrollo con justicia social.
miércoles, 22 de abril de 2009
lunes, 20 de abril de 2009
Cuando la falta de consenso no es igual a fracaso...
20.04.2009
Un round de estudio
por Gabriel Puricelli *
El tramo que va de los gestos a los hechos había empezado a ser desandado con la adopción de medidas de relajamiento del bloqueo a Cuba, que fueron, sin duda, un gesto hacia América Latina, un esfuerzo por restablecer la credibilidad que empezó a rendir frutos.
Cuanto más se pueda avanzar, dependerá de la evaluación de costos y beneficios domésticos que haga Obama, de la voluntad de la burocracia diplomática, militar y de inteligencia de los EE.UU. en caminar en una nueva dirección y de la creatividad de los demás países para replantear sus relaciones con un hegemón dialogante y (muy) lentamente declinante.
* (Co-coordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas)
martes, 31 de marzo de 2009
Un hombre bueno, un espejo para lo mejor de nosotros

Cada vez que nos provocó admiración, cada vez que nos provocó bronca, supimos que esas reacciones las provocaba su verdadero ser, ese que estuvo siempre a la vista, con sus grandezas y sus limitaciones. Nunca nos obligó a adivinarle segundas intenciones: será por eso que resultó tan difícil reconciliarse con él cuando se equivocó.
La tristeza que se adueñó de nosotros a las 20:30 tiene el tamaño de los momentos con los que estuvo asociado: el 10 de diciembre de 1983 en la Plaza de Mayo, el día de 1984 en que nos sacamos de encima para siempre el fantasma de la guerra con Chile. Presidió ceremonias plenas de un sentido que (no lo sabíamos) le estaba dando (justamente) un sentido perdurable a nuestra vida.
Por eso se nos vienen estas lágrimas a los ojos. Por eso necesitamos saber que nos vamos a acompañar con los mismos con los que nos acompañábamos en aquellas ceremonias cuando vayamos a la última que su cuerpo vaya a presidir.
No hay rencores, Señor Presidente. Hasta siempre.
lunes, 9 de marzo de 2009
lunes, 2 de febrero de 2009
Año de desafíos (en "Caras y Caretas" no. 2231)
Por Gabriel Puricelli*
Puestos ante la seductora idea de que el año nuevo conlleva la promesa de barajar y dar de nuevo, son pocos los que se sustraen a la tentación de imaginar un futuro despojado de las limitaciones y frustraciones del tiempo que el calendario declaró caduco. El año nuevo puede ser el significante vacío en el que se depositen deseos con pretensiones ingenuas de reemplazar la realidad. Sin embargo, en el fondo, se sabe que las cosas son de otro modo y (sin caer en un posibilismo ramplón) el 2009 ha comenzado bajo un signo poco auspicioso, sí que exagerado en su carácter sombrío por periodistas melodramáticos y oráculos insaciables.
Pocos de los desafíos por delante son nuevos. Varios de ellos emanan de las promesas incumplidas de nuestra construcción como nación y su enunciación puede sonar remanida. Otros están inscriptos en la realidad más reciente que hemos vivido y pueden hacer rechinar los dientes, tan maltratados y ajados han sido por cierta vulgata cualunquista.
En cuanto a los desafíos que no son nuevos, en un momento en el que la economía no realizará su potencial, se hace más imprescindible la universalización de los beneficios sociales, en un tiempo en que la situación fiscal hace más difícil la tarea. Planes sociales que tienen sus padrones cerrados y que mantienen un valor nominal idéntico al del período pre-inflacionario equivalen a una denegación de ciudadanía y no pueden ser considerados funcionales como “red”. El desafío que planteara el Frente Nacional Contra la Pobreza se ha actualizado dramáticamente. En la misma dirección, todo estímulo económico que se pretenda anticíclico debe ir dirigido a aquellos que no tienen más opción que destinar el dinero al consumo inmediato. En momentos en que se malentienden por “keynesianismo” medidas que terminan sirviendo para pagar suculentas bonificaciones a los capitanes del naufragio financiero, el gobierno argentino debe hacer el bien mirando cuidadosamente a quién.
Las elecciones parlamentarias reactualizan también un viejo “debe” del sistema político, al menos desde la licuación de su antigua configuración entre 2001 y 2003. Del modo en que ejerzamos nuestro voto depende que no se configure de manera farsesca una dialéctica gobierno-oposición que remeda un antagonismo válido hace 60 años, pero que no se corresponde más con el país real. Más aún, si aquella confrontación impulsó hacia adelante la construcción nacional, su remedo es una amenaza a esta tarea siempre inconclusa, en tanto no escenifica las tensiones a resolver en el presente, sino que reitera un ritual vacío: las mismas palabras, aunque hayan desaparecido las cosas que designaban.
Los desafíos más “coyunturales” requieren de la paciencia de quien separa el grano de la paja. Recuperar la credibilidad del sistema estadístico nacional es una tarea primordial que la cruda ineluctabilidad de los ciclos económicos en el capitalismo realmente existente no ha hecho más que subrayar de modo dramático. La subestimación de la inflación, una gripe severa que ha sido desplazada por la patología más grave de una actividad económica menguante, fue la excusa perfecta para coordinar a los actores económicos en expectativas inflacionarias desbocadas, en lugar de adecuar la realidad a metas de justicia social. No hay intereses subalternos servidos por una normalización del INDEC: la destrucción de las estadísticas demuele simultáneamente las capacidades de planificación de todos los actores económicos, incluido el Estado. Si se va a aprovechar que la crisis global encontró a nuestro país mejor parado que en 1995 o en 2001, se requiere de un estado que esté en condiciones de emplear a pleno sus aptitudes y de expresar en el ámbito económico la voluntad democrática del pueblo que representa: un estado que se engaña, en primer lugar, a sí mismo, acomete a ciegas una tarea para la que necesita todas sus luces.
Más allá de nuestras fronteras, el mundo unipolar atraviesa un cambio en su vértice cuyo significado hay que desentrañar encontrando un nuevo modo de relacionarse con los EE.UU. y los intereses (minoritarios aún dentro de ese país) que ese estado representa. No entender que la llegada de Barack Obama evidencia la crisis de la agenda doméstica de la revolución conservadora (espejo del exportado Consenso de Washington) sería necio. Pensar que la búsqueda de reivindicación de la alianza policlasista que lo llevó al gobierno sólo se traducirá en cosas buenas para el mundo sería ingenuo. Habrá que estar tan abiertos a explorar nuevas agendas convergentes, como alertas a consolidar contrapoderes emergentes para que esos cambios en el centro adquieran connotaciones positivas para el mundo todo.
* Sociólogo.
lunes, 26 de enero de 2009
Otro sí al gobierno de Evo
OPINION
El triunfo de la razón
Aun antes de que se empezaran a contar los votos, el pueblo boliviano demostró, votando pacíficamente a favor o en contra de un nuevo texto constitucional, que se sitúa colectivamente más allá de la crispación que proponen los líderes de la derecha, la que se ha traducido en violencias de distinto tipo, incluyendo crímenes como la masacre de Pando. Ese solo hecho, antes de y junto al resultado mismo, ratifica por enésima vez la legitimidad del gobierno de Evo Morales: obligado a ese ejercicio por el desafío radical de los partidos y líderes herederos del viejo régimen, el MAS ha salido siempre airoso usando las armas de la razón, sin dejarse tentar (aun controlando plenamente la fuerza estatal) por la razón de las armas, como sí lo ha hecho el sector recalcitrante de la oposición.
Sin embargo, el proceso constituyente no le pertenece al gobierno más de lo que les pertenece a aquellos sectores de los movimientos sociales que lo pusieron en marcha mucho antes de que se transformara en la savia de la vida del primer mandato del presidente Morales. Un ejercicio genealógico tal vez permita atribuir a los campesinos y minifundistas (de abrumadora mayoría indígena) que marcharon desde Trinidad, en el Beni amazónico, hasta La Paz para reclamar por el desplazamiento de sus tierras ancestrales a que los forzaban latifundistas y empresarios forestales, allá por 1990. Esa lucha sedimentaría, en capas sucesivas, con la de los campesinos (ex mineros desocupados en gran parte) del Chapare que luchaban contra la erradicación de la coca por los Rangers, con la de los recién llegados (también desde la desocupación) a las periferias urbanas y su lucha por el derecho al agua, con las protestas de la "Guerra del Gas", hasta desatar el movimiento político que puso a un indígena al frente del Palacio Quemado.
Ese movimiento tenía en la legalidad vigente un corsé que limitaba el despliegue de la transformación que requería la reivindicación de los derechos de los perdedores de las reformas neoliberales de las casi dos décadas previas a la crisis que se cerrara con la elección de Morales. Dividida y con los partidos que la representaron en plena licuación, a la derecha no le quedaba, hace cuatro años, la fuerza para seguir controlando el Estado, pero sí la necesaria para hacerle el país ingobernable al MAS y sus aliados. Fue en ese momento que convergieron la virtud de la agenda constituyente de los movimientos sociales, con la necesidad concreta del nuevo gobierno de sobrevivir al constante desafío antidemocrático de aquellos a los que había arrasado limpiamente en las urnas. De eso han tratado todas las elecciones posteriores a la llegada de Morales al gobierno: de llevar a buen puerto un proceso que lo precedía (y del que él era el emergente natural) y de ratificar los plenos títulos que tenía (y sigue teniendo) el MAS para llevar a cabo su programa.
Como ha sucedido en todas las elecciones anteriores, voceros de lo viejo insepulto como Samuel Doria Medina no han esperado siquiera el dictamen popular de las urnas para decir ominosamente que "el proceso constituyente no ha terminado" y recurrir a la hipérbole aduciendo que "no hay consensos", para anticipar que no hay pronunciamiento democrático que las clases aún dominantes estén dispuestas a aceptar. De la creciente eficacia del gobierno del MAS para hacer realidad sus promesas y de la permanente vigilancia de los líderes democráticos de América del Sur dependerá que esa amenaza no se concrete y que la voluntad consistente y reiterada de los bolivianos sea respetada.
* Co-coordinador, Programa Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Pascuas indigestas: a 25 años, demócratas buscan el apoyo de un golpista...
Infelices Pascuas
Por Ernesto Semán
(Publicado en Página/12 del lunes 15 de diciembre)
El Gobierno decidió celebrar los 25 años de democracia integrando al oficialismo a uno de los pocos militares que lideró un intento por desestabilizarla. La llegada de Aldo Rico a la dirigencia del peronismo presidido por Néstor Kirchner es políticamente infame, eso es algo que hasta los mismos ejecutores pueden haber visto y decidido pasar por alto en nombre de la responsabilidad mínima de conservar el poder que le cabe a un gobernante. Lo que parecen no haber percibido es que, además, es el camino más rápido para la licuación política.
La política de derechos humanos desarrollada desde el 2003, irreprochable desde casi cualquier punto de vista y destinada a revertir muchas de las conquistas que Rico obtuvo mediante la presión militar, consolidó una relación entre instituciones y sociedad civil iniciada en el ’83 que difícilmente pueda ponerse en riesgo. La fortaleza del Gobierno, en cambio, aparece mucho más expuesta a los desarreglos de una decisión así.
En el mejor de los casos, el Gobierno supone que la integración de Rico es algo desagradable pero que le garantiza al PJ una buena performance en el distrito más importante del país. La candidez de la última parte del razonamiento es tan grande que opaca la repugnancia de la primera. Lo que el ex carapintada suma es, en el mejor de los casos, una enorme cantidad de votos en la provincia de Buenos Aires. Lo que le resta al Gobierno es una, o alguna, base de sustento: desde ahora, la probable candidatura de Kirchner deberá navegar entre un sector que se aleja, otro que está descontento, y otro que recién llega a su lado con la idea fija de sacárselo de encima.
Reacomodamientos de este tipo se justifican en la línea de "a nosotros nos importan los derechos humanos, pero con los derechos humanos no ganás el conurbano". En general, la frase va acompañada de un "mirá a lo que me animo", que supone que todo espacio se obtiene a costa de una cuota de autohumillación, y que ese descenso a la impureza es un ritual de ingreso al verdadero mundo del poder, algo así como "si no estás dispuesto a estas cosas, es porque no entendés".
El mayor problema de ese argumento es su endeblez analítica y su total falta de evidencia y practicidad. El mayor problema, es que esconde mal y poco una realidad contraria a la que describe: lo que se presenta como un gesto de autoridad no es más que una muestra de debilidad; lo que se muestra con una estética del rigor encubre la fragilidad del retroceso; lo que se supone que es un gesto de audacia evidencia la reincidencia en una larguísima tradición de chancletear hacia la derecha en tiempos de crisis.
Durante la Semana Santa de 1987, Aldo Rico lideró un acuartelamiento militar, presionando al gobierno de Raúl Alfonsín para que pusiera límites en el tiempo y el alcance a los juicios contra los militares acusados de violaciones a los derechos humanos. Con la dictadura a sólo cuatro años de distancia, el gobierno percibió el levantamiento (hoy la mayoría parece coincidir que equivocadamente) como una amenaza de primer orden, y en muy poco tiempo concedió las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Miles de militares acusados de torturas y asesinatos durante la última dictadura le deben al flamante miembro del oficialismo sus años de libertad.
Desde 2003, el gobierno de Kirchner puso en marcha una variada gama de acciones para dejar sin efecto aquellas leyes obtenidas por Rico y que por tanto los militares que estaban impunemente libres fueran a la Justicia. Que incluso miembros del Gobierno compartan desde hoy la condición de oficialistas con aquel que garantizó la libertad para quienes fueron sus torturadores no sólo le agrega infamia a la desdicha, sino que exhibe la mélange de la que el oficialismo supone obtener una fortaleza. A partir de ahora, al Gobierno le va a costar volver a ironizar sobre la cadencia claudicante del "felices pascuas" después de sumar a quien lideró la sublevación de Semana Santa. Sólo Aldo Rico puede darse ese lujo sin quedar preso de una contradicción.
¿Qué estrechez de miras puede llevar a alguien a no ver algo que parece tan obvio? Una posibilidad es subestimar la importancia de la política de derechos humanos en la base de la legitimidad del Gobierno, apoyándose en el sentido común que indica que la economía garantiza cosas que la justicia no. La larga experiencia argentina demuestra lo contrario: es sólo con una fuerte legitimidad política que se puede capitalizar la bonanza económica o capear el temporal de crisis. Si alguien en el Gobierno se apoya en una encuesta para suponer que esa legitimidad está lejos de los derechos humanos, se olvida de la máxima implícita en el kirchnerismo: la construcción constante de enemigos es lo que le da identidad y potencia al propio movimiento. Es probable que pocos voten a un candidato bonaerense por su política de derechos humanos, pero es seguro que pueden dejar de votarlo por su pérdida de horizonte y su manifiesta debilidad. Desde 2003, el kircherismo reinstaló en la sociedad ideas muy fuertes y rígidas sobre su identidad y la del resto de los actores políticos. Hacer la prueba para ver si tirando de los derechos humanos se deshace un tejido mucho más amplio de asociaciones y sentidos no parece ser el ejercicio más feliz.
Otra posibilidad es suponer que, en cualquier momento, un partido puede cambiar su base de sustento a voluntad, reemplazando ideas como piezas de un rompecabezas. El último que tuvo esa creencia de forma cabal fue Fernando de la Rúa.
Otra posibilidad, finalmente, es suponer que Rico es sobre todo un referente del PJ, y que en todo eso lo que se juega es encontrar aliados confiables. Algo de eso podría intuirse en la sumaria explicación de Carlos Kunkel, que consideró natural el apoyo a Rico como jefe del PJ de San Miguel si se trataba de enfrentar a candidatos apoyados por Alberto Fernández o Felipe Solá (!). El fin de cualquier potencial alianza transversal y la necesidad obvia de tener una –alguna– base de sustento, explican el regreso triste del kirchnerismo a una casa que le es profundamente hostil. Pero cualquiera que asome la nariz por arriba de esa mira tan baja sabrá que los Kirchner no sólo se repliegan en un PJ en el que jamás estuvieron a gusto, sino que se están construyendo el peor PJ posible para que lo acoja.
* Sociólogo.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Un fantasma recorre las librerías
Si el fragor del boca a boca (que empiezó como un murmullo, como un modesto bouche-à-oreille en las semanas en que el lanzamiento era inminente) no les hubiera llegado aún, el compañero Esteban Schmidt ha publicado The Palermo Manifesto. En su tono habitual de diatriba inspirada e inspiradora, se para en un banquito en cualquier Speaker´s Corner palermitano y dice con elocuencia todo lo que van a encontrar impreso tras la tapa que preside este mensaje.
No lo vamos a poder presentar en Un Gallo para Esculapio, porque cerró, pero las reuniones de Costa Rica y Uriarte del 2002 están presentes de un modo peculiar en este balance oblicuo y arrasador de los 25 añitos de la democracia. No se puede transitar estos meses de aniversario y celebración autocomplaciente sin esta dosis de Schmidt, disponible en (casi) todas las librerías.
A comprar, a leer y a comentar. En la calle, en el bar o acá, tanto da: pero no dejen que el rumor se detenga. La mayoría me va a agradecer la recomendación, les aseguro.
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Un suspiro de alivio recorre el mundo

Opinión
La construcción de un presidente
Hay una historia que iba a ser necesario contar, fuera cual fuera el resultado de las elecciones en EE.UU., y es la historia de la construcción de la candidatura de Barack Obama. El mero hecho de que uno de los dos partidos tradicionales eligiera para representarlo a un hombre de nombre y apellido poco comunes, de quien ni siquiera el nombre curioso era conocido hace cuatro años, es un hecho que rivaliza en su carácter inédito con su condición de afroamericano (si es que siquiera esa definición lo describe). Obama construyó su campaña desde tan abajo que nadie en el establishment estadounidense hubiera imaginado que era posible escalar desde allí las alturas de Washington. No se trata de contar aquí una anécdota, sino de entender que el qué de su candidatura fue igual de importante que el cómo. Porque Obama escapó con la ductilidad de una anguila de los encasillamientos que podían llegar a hacer de la suya una candidatura confinada a un ghetto o –en el mejor de los casos– a una constituency, a uno de esos tantos fragmentos en que estrategas electorales, politólogos y periodistas compartimentan la realidad, para asegurar la adaptación de ésta al compacto ideológico dominante.
Obama sembró en el terreno abonado cuatro años atrás por Howard Dean, empleando con eficacia implacable los recursos que ponía a su disposición la conectividad. Movimientos cívicos que despuntaron como respuesta al intento republicano de demolición de Bill Clinton en su “momento Lewinski”, como MoveOn, se transformaron en manos del candidato pacifista Dean en una formidable plataforma para la recaudación de fondos de campaña: inscriptos en la estrategia de Obama, desplegaron todo su potencial de movilizar nuevos compromisos ciudadanos. El propio Howard Dean, hoy al frente del Comité Nacional Demócrata, dedicó su trabajo a establecer organizaciones permanentes del partido en los 50 estados, aun en los abrumadoramente republicanos, donde lo habitual cada cuatro años era que una escuálida operación de campaña se esfumara terminado el escrutinio. El empeño y el despliegue de recursos puestos en juego por los neoconservadores para poner en marcha la revolución reaganiana requerían de un esfuerzo proporcional que sólo una movilización de las proporciones de la encabezada por Obama podía desplegar. La tarea de mover el dial del consenso ideológico-cultural estadounidense desde la derecha hacia el centro no está más que despuntando, pero Obama y su base han acometido esa tarea con un ahínco que estuvo ausente en la estrategia adaptativa de los “New Democrats” de Clinton.
Obama logró darle una vuelta de tuerca al remanido recurso de usar la biografía del candidato como prótesis de las plataformas partidarias, para transformarlo en la demostración de posibilidad de un sueño americano no invocado como mera muletilla, sino calificado por su vocación de inclusión y por su promesa de ascenso social en un ambiente socialmente solidario y responsable. Esa operación discursiva exitosa fue clave para no caer en el precipicio de la política racial, hacia el que se despeñaran líderes como Jesse Jackson. Seguramente no estaba en los cálculos de Obama enfrentar al destino en el momento de una crisis tan profunda como la que vive el capitalismo estadounidense, pero el esfuerzo realizado hasta ahora tal vez lo haya templado para enfrentar la cuesta más empinada que su país haya tenido que remontar desde los tiempos de Franklin D. Roosevelt.
* Co-coordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas (http://www.politicainternacional.net/).
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domingo, 2 de noviembre de 2008
Obama-Biden o Insane-Appalling
OPINION
Redistribuidor en Jefe vs. Comandante en Jefe
“Hay que escuchar bien lo que dice el otro candidato cuando no repite un guión... habla de ‘esparcir la riqueza’ (silbidos), dice que lo que quiere hacer es ‘redistribuir’ (risas y silbidos). Mis amigos, ¡eso se llama socialismo! (risas). Lo que Obama quiere es agarrar la plata que ustedes se ganaron arduamente y repartirla de acuerdo a las prioridades de los políticos (abucheos). Eso es Obama, el ‘redistribuidor’ (abucheos). Pero en Estados Unidos no es así, no se trata de redistribuir la riqueza, sino de producir más, no de sacarle la plata a unos para dársela a otros, sino de que todos podamos tener más” (aplausos). John McCain, Toledo, Ohio.
Hay que formar parte de un microclima blindado para empezar a entender que lo de McCain es una crítica a Barack Obama, que redistribuir la riqueza sería una debilidad del demócrata, que la frase “Obama el redistribuidor” es peyorativa y no al revés. Ese microclima es, en verdad, enorme, se extiende en el tiempo y en el espacio, abarca a los Estados Unidos y su enorme área de influencia durante los últimos treinta años y acompañó al mundo en el final de la Guerra Fría.
Al menos hasta hoy. El fin abrupto del presente ciclo económico se ha llevado consigo no sólo trillones de dólares de riqueza, sino las certezas que cimentaron el sentido común de las elites dirigentes en casi todo el planeta por los últimos 15 años. Más aún, ha sepultado el optimismo que impregnó a esas certezas, el más alto y eficaz exponente del cual tal vez haya sido Ronald Reagan.
El derrame de esas ideas desde las elites hacia sociedades enteras fue parte de la eficacia corporizada en Reagan. Los jóvenes que hoy crean, asesoran o manejan carteras de clientes en Wall Street –y los millones que se intoxican con sus informaciones en todo el mundo, Buenos Aires incluida– tienen la capacidad de explicar abstracciones tan complejas como “el mercado de bonos” pero se paralizan incrédulos ante conceptos mucho más accesibles como “redistribución de la riqueza” o “concentración de la renta”. Y esa incredulidad se extiende mucho más allá de los votantes de McCain.
Intuyendo la oportunidad política que le presenta la crisis económica, Obama habla de restituir el rol del Estado. No ha repetido hasta hoy aquello de “the era of the big government is over”. Ha criticado la noción de una total prioridad de los derechos del individuo por encima de las obligaciones del Estado para con la sociedad. No sería una gran novedad si no fuera porque el último candidato a presidente con chances de ganar que hizo este tipo de referencias fue Lyndon B. Johnson. Y eso fue en 1964.
La profundidad de las raíces que ha echado desde entonces la visión que naturaliza el progreso capitalista nunca queda tan en evidencia como cuando los propios progresistas (¡cuánto se cifra en un nombre!) desdeñan la necesidad de garantizar un ingreso ciudadano universal o, tan siquiera, de generalizar los seguros de desempleo.
Una de las certezas del progreso ilimitado era que el crecimiento económico (boom) había dejado atrás las recesiones cíclicas (bust). Los neoclásicos puros y duros no hicieron demasiados aspavientos con esa idea: después de todo, a ellos nunca les preocuparon los efectos humanos de los bajones, en tanto “lo que no mata al capitalismo, lo fortalece”. Fueron paradójicamente los progresistas los que exhibieron orgullosamente como trofeo el largo período de ascenso que coincidió con los años de Bill Clinton en la Casa Blanca y (apenas desfasado con éste) con los de Tony Blair en el Reino Unido. El optimismo en ambas veredas del mainstream fue más vociferante en la “izquierda”, que podía justificar su redescubrimiento del laissez faire en el efecto de goteo (nunca un caudaloso “derrame”, por cierto) que dio lugar a una etapa de mayor inclusividad, junto con la ampliación de la brecha con los híper-ricos. Optimistas de esta variedad como Gordon Brown se ven “corridos por izquierda” por sus oponentes de derecha. Hace pocos días, el líder de los conservadores de Thatcher, David Cameron, lapidaba al primer ministro británico diciéndole que ya había podido disfrutar de su boom (la larga bonanza 1997-2007), pero que ahora estaba busted, es decir, “reventado” por la misma caída que ayer se postulaba imposible.
Como le quedará claro a cualquiera que siga este razonamiento, la Argentina no ha sido una versión extrema de ese consenso, sino un caso típico. Aun en un período de reencuentro con el Estado como el que se abrió tras las crisis del 2001 y se profundizó en el 2003, el progreso ilimitado ha sido una gran coartada. Esa coartada tiene nombre, y es el crecimiento exponencial de la demanda de China e India, un proceso que encuentra a la Argentina justo en el otro extremo de la manguera. Pero la falta de políticas que tuvieran alguna incidencia en ese proceso, evidencia tanto las debilidades hereditarias del Estado como la confianza (no menos heredada) en que, sin hacer mucho, la coincidencia de que hubiera millones de chinos consumiendo soja en un extremo del planeta y un puñado de argentinos produciéndola en el otro operaba el milagro del crecimiento continuo. El hecho de que Argentina haya triplicado sus exportaciones a China pero su participación en las importaciones chinas siga anclado por debajo del uno por ciento muestra las limitaciones de dicho abordaje. Así como hay quienes parecen disfrutar (a pesar del sufrimiento que esto trae aparejado) del desvanecimiento de la ilusión del desacople absoluto de las economías emergentes, es difícil disculpar la miopía de quienes, percibiendo la hinchazón de la burbuja financiera, no quisieron ver que el precio de las commodities corría el mismo riesgo de explosión. La falta de “innecesarios” planes “B” no encuentra otra explicación.
Del mismo modo, genuinas preocupaciones opositoras por la calidad institucional recubren mal y poco la prevención instintiva que genera cualquier política pública y la comodidad con la que se sigue pensando que el conflicto que provoca la intervención del Estado –capturando rentas extraordinarias de commodities o recuperando el control sobre las jubilaciones– es algo a evitar y no a producir. La expandida expresión “hacer caja” es un fenomenal ejercicio retórico que permite aglutinar todos los sentidos comunes de una época (los fines espurios, el despilfarro que produce el Estado, los intereses de los políticos como opuestos a la noción misma de largo plazo, la omnisciencia del mercado) y aplicarlos a cualquier política pública.
La energía que se necesitó para sacar de la Gran Depresión a los EE.UU. fue desatada mediante la combinación de un fuerte y duradero liderazgo político de Franklin D. Roosevelt con la puesta en práctica de la teoría de John M. Keynes, que esperaba en el banco de suplentes para relevar a la economía política clásica. Las elecciones del próximo martes probablemente se salden con la emergencia de un liderazgo comparablemente innovador, pero no parece estar a la vista la teoría económica de relevo (por caso, tampoco era tan visible al comienzo de los ‘30). El equipo económico de Obama se debate entre reincidir en la indolencia del mismo Robert Rubin que impulsó una desregulación a la larga suicida bajo Clinton o en retomar el enfoque más prudente del ex mandamás de la FED Paul Volcker y la visión mucho más intervencionista de Warren Buffet, el multimillonario que se ubica como uno de los hombres de mayor confianza del candidato demócrata. Lejos de reflejar la radicalidad que tuvo la invención práctica de la política pública bajo FDR, las opciones son de todos modos muy distintas. Obviamente, cuando las chances de un futuro redistributivo están en manos del hombre más rico de la Tierra es para pensar que hay algún problema. Pero que nadie rebaje a lágrima o reproche: la del martes es una elección, no una revolución, y sólo la condescendencia de los saciados puede subestimar el impacto de los cambios de la primera usando los patrones de la segunda.
La influencia que estos cambios pueden tener en el resto del mundo es enorme, y no se traduce en nuevas políticas, sino en nuevas ideas. Por caso, el New Deal generó, acompañó o legitimó una ola de fuerte intervención estatal; parcialmente en él se inspiraron –de forma explícita– desde Perón en la Argentina hasta Vargas en Brasil o Cárdenas en México. Lo cual no quita que, en otros sentidos, varios rasgos del New Deal norteamericano inhibían en verdad la expansión de otros “New Deals” en el mundo.
Eso es buena parte de lo que está en juego este martes. Cuando John McCain intenta mofarse de la noción de redistribuir la riqueza, sólo hace mofa de sí mismo. En circunstancias como las actuales, ese rechazo tiene tanto sustento real como la puesta en duda de la Ley de Gravedad. Más aún, el relato en el que ese rechazo se inscribe, resulta menos convincente que la idea del “diseño inteligente” a la que adhiere su compañera de fórmula. Es más verosímil la coexistencia del Homo sapiens con los dinosaurios, que la superación de la crisis en los EE.UU. sin un Estado revitalizado y relegitimado.
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lunes, 29 de septiembre de 2008
Una Correa para no dejar que la derecha muerda
Opinión
Construyendo el poder necesario
Ecuador necesitaba dotarse de reglas renovadas y de un pacto constituyente que ratificara la vocación de convivir bajo pautas de justicia e igualdad, cuyo debilitamiento había llevado a la sucesión de mandatos interrumpidos previos a la asunción de Rafael Correa. A diferencia de otros casos, la crisis dejó en pie a una parte significativa del sistema político tradicional. No sólo mantienen mucho de su poder las clases dominantes, sino que perdura su liderazgo político en Guayaquil y se alza aún, relativamente intacto, el Partido Social Cristiano.
Consciente de las limitaciones que esta realidad le impondría a su gobierno, el hoy presidente Correa definió desde que asumió el desafío de pelear las últimas elecciones, buscar condiciones de gobernabilidad para una gestión transformadora. Construyó entonces un camino democrático para evitar el veto del Congreso, donde se atrincheraron los partidos tradicionales. No permitió que la inmadurez de su Alianza País fuera un pretexto para postergar la arremetida electoral y la búsqueda del gobierno ni que una presencia parlamentaria incipiente lo maniatara al llegar al Palacio Carondelet. Por eso transformó su campaña presidencial en un plebiscito en favor de un proceso constituyente: Alianza País no presentó candidaturas al Parlamento para dar credibilidad a su propósito de impulsar algo más que un cambio de gobierno. Ecuador tenía el desafío de ver un mandatario completar su período constitucional. Y no se trataba sólo de que fuera honesto, para no terminar como Jamil Mahuad, o cuerdo como para evitar el final de Abdalá Bucaram. Tampoco de encaramarse a las demandas populares en la campaña para gobernar de acuerdo a otros intereses, como Lucio Gutiérrez.
La práctica del actual gobierno se ha correspondido con las promesas en un grado poco habitual en las democracias contemporáneas. El abandono de la moneda propia, que hace de Ecuador un caso único en la región, uno donde el desvarío neoliberal fue aún más allá de la práctica abolición del banco central que se vivió en el Chile pinochetista previo a la crisis de 1982 y en la Argentina de Menem y De la Rúa, se trata de un corsé que no tiene parangón. Si a ello se suma que ese país no puede extraer tanto petróleo como para imaginar una bonanza chavista, resulta que Correa se encuentra frente a unas condiciones estructurales adversísimas. El proceso constituyente le ha permitido ratificar su legitimidad y evitar las restricciones institucionales a su agenda transformadora. Con habilidad de judoka, se ha servido de la fortaleza que les resta a sus oponentes para construir el poder que necesita. Ahora le resta aprovechar al máximo el tiempo que también ha ganado, para construir la "patria altiva y soberana" de la sigla de la alianza de gobierno.
* Co-coordinador, Programa Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
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domingo, 28 de septiembre de 2008
Simplemente extraordinario
Congelados en la Gran Estación Central de Nueva York.
Una intervención teatral en gran escala, que sorprendió a los que iban hacia y venían de los trenes.
lunes, 15 de septiembre de 2008
¿A un latido de ser presidenta de los EE.UU.?
Tina Fey, como la palurda (¿existe el femenino de este adjetivo?) de Alaska y Amy Poehler como Hillary, en Saturday Night Live, editorializan el presente (¿pasajero?) pasaje de la campaña presidencial estadounidense. En breves cinco minutos exponen la idiotez de los medios de comunicación, se mofan de la corrección política y casi firman un manifiesto acerca de qué se debería y qué no se debe discutir en una campaña presidencial. Suban el volumen y disfruten del humor político en su mejor nivel. Los momentos más brillantes son, sin dudas, cuando Poehler/Hillary empieza a destruir el podio y cuando la gran Tina le hace decir lo que esta entrada lleva por título a la señora de los dinosaurios en el Arca de Noé. Si alguien en las Pampas quiere copiar Saturday Night Live, les juro que Jauretche no lo excomulgaría.
jueves, 28 de agosto de 2008
Desde Denver, para Crítica

por Gabriel Puricelli* (desde Denver)
El día en que el Partido Demócrata de los Estados Unidos hizo historia eligiendo un descendiente de africanos como su candidato presidencial, no fue uno en el que ese hecho brillara en soledad en la coreografiada convención que tiene lugar en Denver. Por el contrario, compartió la agenda y las conversaciones en bares y pasillos con las reverberaciones del firme discurso de Hillary Clinton del martes, con la moción de ésta pidiendo la nominación de Barack Obama por aclamación y con la expectativa por el discurso de su marido ex-presidente. Hay motivos para que esto haya sido así. Por un lado, algunos cuadros demócratas no digieren aún el hecho de que la formidable campaña de la senadora por Nueva York haya sido derrotada por la aún más formidable de su colega de Illinois. Por el otro, algunos votantes de Hillary vacilan ante la pregunta de los encuestadores que les piden certeza acerca de su voto en las presidenciales de noviembre. Sin embargo, son los analistas políticos y la homogeneidad discursiva de los mismos (se sitúen en el lugar del espectro ideológico en el que se sitúen), los que imponen en la prensa electrónica y gráfica, en los viejos y los nuevos medios, la preocupación por la conducta de esos ciudadanos, aun cuando Obama se encuentra sistemáticamente al frente en los sondeos. Cuando un diario publica su última encuesta, el titular elegido se refiere a esos electores aparentemente duros de convencer y no a quién va primero.
Hay, por supuesto, otros temas cuya presencia en la agenda no puede ser atribuida a los pundits que colman las pantallas de los canales de noticias. Uno es el ocaso (¿momentáneo?) de los Clinton como jugadores fundamentales de la vida del partido de Franklin D. Roosevelt. No es sólo la derrota de Hillary en las primarias, sino el hecho que que el vencedor sea, en realidad, una pareja vencedora, un dúo que provee no sólo una alternativa de calibre para la candidatura presidencial, sino una figura elocuente y sólida para aspirar al lugar de Primera Dama.
Saldada con elegancia y una poderosa demostración de lealtad la relación entre los competidores de las primarias, la última cuestión es: ¿Bill Clinton, estará dispuesto a emplear todo el prestigio de que dispone y ser un general más en la batalla contra los republicanos? Tanto la posibilidad de que "arrastre los pies" sin entusiasmo, como la de que actúe como aguafiestas imprevisto serían seguramente caminos hacia el crepúsculo definitivo de su influencia, algo que un líder perspicaz como él, sabe de sobra. Pero en el ex-presidente conviven el lado brillante que lo llevó de Little Rock a Washington y el lado oscuro que lo llevó a arriesgar el legado de su presidencia. Los electores parecen decididos a negarles otros cuatro años a los republicanos, pero éstos (y los analistas) cuentan con que la sola presencia del último presidente demócrata en la arena pueda deparar, sino una sorpresa, al menos un motivo para seguir llenando páginas, horas de aire y bits en los blogs.
* Co-coordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas
lunes, 18 de agosto de 2008
lunes, 11 de agosto de 2008
Evo, más que ratificado
Lunes, 11 de Agosto de 2008
Opinión
El presidente más legítimo
En 26 años de elecciones democráticas, nunca un presidente boliviano tuvo que hacerse elegir dos veces. Un ejercicio contrafáctico plausible indica, asimismo, que –de haberse visto en esa situación– ninguno hubiera logrado sobrevivir a un referendo revocatorio, ya que los bajos porcentajes obtenidos al ser electos los hubieran transformado en un blanco sencillísimo. Desde ese punto de vista, la ratificación de Evo Morales es una proeza histórica, aun si los números finales no indicaran, como lo hace el conteo rápido, que el porcentaje alcanzado lo aproxima a una mayoría de dos tercios de los votantes. En una región acostumbrada, a lo largo de dos décadas de normalidad electoral, a que los desafíos de gobernar se devoren el apoyo popular a los presidentes (en especial cuando promedia su mandato), el líder boliviano se destaca con un brillo propio.
Someter su mandato a ratificación fue una opción audaz y autónoma del gobierno del MAS, aunque (y sin que esto signifique paradoja alguna) se puede decir también que se vio obligado a demostrar por segunda vez la legitimidad de éste, frente a una oposición que se ve a sí misma (y en buena medida lo es) como un régimen depuesto destinado a ser restaurado, y no como un futuro gobierno potencial, como debería ser si tuvieran alguna forma de adhesión al ideal democrático.
Combinado con la revocación del mandato de un ex y posible futuro candidato a la presidencia, como Manfred Reyes Villa en Cochabamba, el saldo a favor del MAS y sus aliados es ampliamente positivo. No habría más que decir (no existe otra instancia a la que apelar, en democracia, que no sea el veredicto del soberano), si no fuera porque esa lealtad democrática está ausente en muchos líderes de la oposición, incluidos algunos de los prefectos también ratificados ayer. Ello implica que la ventaja decisiva, pero coyuntural, que el gobierno doblemente legítimo de Bolivia tiene desde ayer, deba ser aprovechada en un plazo brevísimo para cerrar el proceso constituyente y para poder dedicarse a las tareas de reivindicación social de las mayorías y de desarrollo económico que sólo han sido alcanzadas de manera incipiente.
El resultado de los referendos debería obligar también a los vecinos de Bolivia (en particular a Brasil, pero también a Chile y Argentina) a hacer todo lo mucho que están en condiciones de hacer para ayudar a que un gobierno tan plenamente soberano como el de Morales pueda terminar de deshacer el nudo del atraso, que también puede identificarse bajo los nombres del despegue energético y del fin de la mediterraneidad.
* Cocoordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
viernes, 4 de julio de 2008
Una liberación y una encrucijada para la paz

OPINION
El secuestro y la liberación, actos de un drama de profundas implicancias humanas y políticas, pueden ser vistos también como elementos de un espectáculo en formato televisivo en el que se construyen heroísmos y en el que se convoca a los espectadores a la admiración y a la compasión. La bienvenida libertad que acaba de recuperar Ingrid Betancourt puede ser vista desde este ángulo, elegido de entre muchos posibles, a sabiendas de que otros escritos ayudarán a completar el análisis del fenómeno en todas sus dimensiones.
Hay una heroína, construida a partir del muy real sufrimiento de alguien a quien se priva de la libertad y de la condición de candidata presidencial colombiana y de la doble ciudadanía colombiana (de nacimiento) y francesa (de casamiento), que la transforman en depositaria de la compasión de la opinión pública de dos países separados por un océano. Estas dos circunstancias hacen de ella un rehén muy distinto de esa Aída Duvaltier muerta en cautiverio en la misma cárcel-selva de quien poco se ha escrito por no tratarse de un personaje espectacularizable: no fue candidata a presidente de su país, Francia, ni gozaba de los contactos que una vida en la diplomacia colombiana le dieron a Yolanda Pulecio, la ex embajadora y madre de Ingrid. En su reciente libro sobre el caso, Ingrid Betancourt, par délà les apparences (Más allá de las apariencias) el especialista francés Jean-Jacques Kourliandsky subraya este contraste para criticar la aproximación a este caso adoptada por el gobierno francés, por basarse más en consideraciones de ganancia política doméstica que de eficacia diplomática: ciudadanos de diversas nacionalidades siguen en manos de las FARC y no han sido abandonados por sus respectivos gobiernos, que urden intentos de negociación lejos de las cámaras de TV. Nunca podrá saberse qué parte de la duración del cautiverio de Ingrid habrá que atribuir a la opción de dejar de lado la discreción.
Sí se sabe, por el contrario, quién es el héroe masculino de este guión. Impulsado por una ética de los fines inconmovible, una muy prolija tarea de inteligencia (que ya habíamos visto en uso durante la incursión en territorio ecuatoriano para ejecutar a Raúl Reyes y otros cuadros de las FARC) en la que es visible una mano extrarregional, Alvaro Uribe pudo esta vez ahorrarse los peores medios que está dispuesto a usar para imponer una solución militar al conflicto político-económico con la longeva guerrilla. Tiene en sus manos un capital político enorme que su uso de la escena televisiva le ha permitido multiplicar. Y lo va a usar para esos fines, que son escudarse de las investigaciones sobre la parapolítica que lo cercan, torcer la constitucionalidad para buscar una segunda reelección presidencial y plebiscitar la validez del “imperialismo por invitación” que ha traído a América del Sur, para imponer a los conflictos la razón de las armas.
Una fuerza en bancarrota ideológica y política que le aporta todo su desprestigio al adjetivo “revolucionarias” es la que tiene in extremis la posibilidad de hacer una opción por el camino de la paz, el que ha desandado en la legalidad, con éxito creciente, el Polo Democrático Alternativo. Uribe tiene desde anteayer toda la munición que necesita para alcanzar sus objetivos militares: sería de uribistas ¿involuntarios? pavimentarle el camino hacia una victoria política.
* Cocoordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.
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jueves, 3 de julio de 2008
Ingrid: la izquierda democrática colombiana dice

El Polo Democrático Alternativo manifiesta:
1. La puesta en libertad de Íngrid Betancur, de tres ciudadanos norteamericanos y de 11 miembros de las Fuerzas Armadas que se encontraban secuestrados por la guerrilla de las FARC, es un acontecimiento que todo Colombia y la Comunidad Internacional, tienen que celebrar con inmensa alegría.
2. Un suceso de tanta trascendencia tiene que llevar a las FARC y a los demás grupos insurgentes que aún quedan en el país, a reflexionar sobre la esterilidad de la lucha armada y la necesidad de abandonar ese camino tortuoso que les ha llevado a cometer crímenes –como el secuestro- universalmente repudiables, y a pensar que sólo la lucha democrática puede conducir a la construcción de una sociedad más justa.
3. El éxito de este operativo no puede llevar a la conclusión ligera de que el rescate militar es el método eficaz y seguro para liberar a los secuestrados, sin riesgo para su vida e integridad, y de que debe desecharse la posibilidad de un acuerdo humanitario como paliativo a las consecuencias del conflicto armado mientras éste subsista.
4. Los países de la Comunidad Internacional que han jugado un papel tan importante en la coadyuvancia de un proceso de paz, para Colombia, no pueden ahora cejar en su empeño de que un inmenso grupo de ciudadanos, innominados unos y conocidos otros, pero sin la relevancia de los liberados, queden abandonados a su propia suerte.
5. Al manifestar su inmensa complacencia por el suceso que acaba de darse, el Polo Democrático Alternativo reitera que sus enérgicas críticas al Gobierno por su injerencia en órbitas de otros poderes y el desdibujamiento del Estado social de derecho, mantienen toda su validez.
Carlos Gaviria Dìaz
Presidente
Polo Democràtico Alternativo
Miércoles 2 de julio de 2008
viernes, 23 de mayo de 2008
El fraude más fulero, según HBO
The ugliest election
From the overly decorous Gore team to the bought-and-paid-for Supreme Court, HBO's enraging docudrama shows the Florida recount like it was.
By Gary Kamiya
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HBO / Gene Page
Laura Dern as Katherine Harris in "Recount"May 23, 2008 | "Recount," director Jay Roach and screenwriter Danny Strong's first-rate docudrama about the disputed 2000 presidential election, is almost too painful to watch. Close to eight years have passed since a divided Supreme Court ended the epic 36-day battle over the votes by halting the recount in Florida, thus handing the election to George W. Bush. The bitterness over that judicial outrage may have subsided, but it never died, and HBO's "Recount" brings it all back. In fact, it's almost more unbearable to revisit this black chapter in American history than it was to experience it at the time. Beyond the manifest injustice of the ruling, after eight years of George W. Bush, we now know exactly what that ruling resulted in. It is impossible to watch "Recount" without experiencing a constant stream of agonized what-ifs.
miércoles, 21 de mayo de 2008
París y Londres, Santiago de Chile
Una esquina europea, en el corazón de un Santiago Centro descuidado por la alcaldía de derecha: la sede (detrás) del muy masónico Partido Radical Social Demócrata de Chile.
lunes, 5 de mayo de 2008
Un modo de ver lo que pasa (e importa) en Bolivia

Lunes, 05 de Mayo de 2008
Opinión
Lo viejo se resiste a morir, y mata
Gabriel Puricelli *
La consulta inconstitucional organizada por las autoridades departamentales de Santa Cruz de la Sierra se inscribe en un contexto más amplio de cuestionamiento de la legitimidad de la autoridad de Evo Morales, donde la cuestión de la autonomía es tomada como el eje vertebrador de una contestación anticonstitucional del mandato que ejerce el presidente de la nación boliviana.
La violencia, dolorosa como siempre por sus consecuencias, es un efecto deseado de esta estrategia sediciosa, un objetivo parcial en la escalada de los perdedores de las últimas, limpísimas elecciones presidenciales y de la Asamblea Constituyente. Lo que persiguen no es la autonomía de Santa Cruz de la Sierra ni de los departamentos sudorientales del país en su conjunto, sino restaurar el orden previo al derrumbe del sistema político vigente en el país hasta la victoria del MAS: la autonomía sólo se agita para decir que "nadie que esté en el Palacio del Quemado en La Paz que no seamos nosotros podrá gobernar esta mitad de Bolivia". No estaríamos asistiendo a este reclamo si en La Paz no se hubiera roto la "normalidad" excluyente de la alternancia de las coaliciones vertebradas en torno de la banzerista Acción Democrática Nacionalista o del Movimiento Nacionalista Revolucionario de "Goni" Sánchez de Losada: ése es el "nosotros" que expresa la sopa de letras de las siglas de fantasía que constituyen el llamado "Comité Cívico" y los partidos opositores en La Paz.
El egoísmo económico es el paraguas que cubre el conjunto de las demandas de las elites políticas desplazadas por el ascenso electoral del MAS y sus fuerzas aliadas y de las clases dominantes que temen que las reformas impulsadas por Evo cobren carácter duradero y permitan la emergencia de un nuevo consenso (hablar de hegemonía en un contexto tan fluido nos pondría en el terreno de las conjeturas más irresponsables) que haga definitivo su desplazamiento.
Las condiciones para que un sector político juegue con la idea de la secesión de una nación de América del Sur tendrían muchas menos posibilidades de existir si no hubiera un intento pertinaz de deslegitimación del gobierno de Evo Morales por parte del gobierno actual de los EE.UU. Como no es dable esperar que esa pretensión ceda antes de que se extinga el mandato de George W. Bush y sus neoconservadores revolucionarios, se vuelve cada día más importante la reafirmación por parte de los países vecinos de que la unidad constitucional de Bolivia es un bien común sudamericano y de que la voluntad de defenderlo no consentirá aventuras como las que proponen los personeros del ancien régime del Altiplano.
* Co-coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.




