jueves, 23 de julio de 2026
Molotovs con vodka: EEUU y la pretensión de un estado de excepción global
domingo, 12 de julio de 2026
La cuarta es la vencida: Keiko Fujimori y la ilusión de la estabilidad peruana
Por Gabriel Puricelli
Con la demora a la que obliga el escrutinio hasta el último voto en una elección ajustadísima, el Jurado Nacional de Elecciones de Perú proclamó a Keiko Sofía Fujimori Higuchi como presidenta electa para el período 2026-2031. Lo hizo tras un escrutinio agónico, con los nervios crispados de una sociedad habituada a dirimir sus destinos políticos en un photo finish. Los números definitivos mostraron a la futura presidenta menos de 50 mil votos por delante del candidato de izquierda Roberto Sánchez. Un país cortado en dos por un láser.
La proclamación produce una inevitable sensación de déjà vu. La escena peruana parece atrapada en una obra de teatro circular, donde el guión se reescribe con ligeras variaciones pero bajo idéntica estructura dramática. Lo vivido en este 2026 se espeja con asombrosa fidelidad en la fractura expuesta en procesos anteriores, singularmente el de 2021. El balotaje, ese artefacto de la ingeniería electoral diseñado para forjar mayorías artificiales a partir de la dispersión, ha vuelto a fabricar la ilusión de dos mitades compactas allí donde en verdad habita un archipiélago de minorías atomizadas.
Para analizar el mandato que obtuvo la líder de Fuerza Popular, hay que proceder a una disección. La geografía electoral vuelve a trazar una línea de demarcación que es tanto territorial como sociológica. Por un lado, Lima metropolitana y las regiones de la costa norte, integradas a los flujos dinámicos de la economía global, blindaron la candidatura fujimorista como un dique de contención contra el cambio de modelo. Por el otro, el sur andino, la Amazonía y las zonas rurales postergadas se volcaron masivamente hacia la izquierda, reeditando un patrón de resistencia que ya parece estructural.
Como bien apunta la politóloga Omayra Peña Jiménez, del Instituto de Estudios Peruanos, lo que vemos “no es una grieta coyuntural, es una fractura estructural que el sistema político no ha sabido procesar”. Las instituciones peruanas operan bajo una lógica de confrontación perpetua y no facilitan la edificación de consensos mínimos. En este escenario, la victoria de Fuerza Popular no se explica por una súbita ola de entusiasmo doctrinario, sino por la tenue erosión del antifujimorismo.
En efecto, hay síntomas de que el peso del pasado ya no gravita de la misma forma sobre las nuevas cohortes de votantes. Para el electorado joven, los episodios más sombríos de la década de los noventa pertenecen más al territorio de los textos escolares que a la memoria emotiva. El fallecimiento del expresidente Alberto Fujimori en 2024 puede haber operado como un deceso simbólico de la vieja polarización; al desaparecer el cuerpo físico del autarca, la discusión sobre el indulto “humanitario”, recurrente en anteriores elecciones, perdió su centralidad como tema de campaña, permitiendo a Keiko Fujimori centrarse en la cuestión del orden y la gestión de la economía contemporánea.
La siempre esquiva estabilidad
Despejada la incógnita del triunfador electoral, queda en el aire la pregunta de si la presidencia de Keiko logrará quebrar la maldición de la inestabilidad crónica que eyectó de la Casa de Pizarro a sus antecesores inmediatos. Desde 2016, Perú se convirtió en un régimen triturador de presidentes, con destituciones por «incapacidad moral permanente» a repetición. Sin embargo, existen razones para especular con que la gestión a punto de iniciarse gozará tal vez de cierta estabilidad.
La primera diferencia sustantiva radica en la naturaleza del oficialismo en ciernes. Los gobiernos anteriores —desde el tecnocrático y débil esquema de Pedro Pablo Kuczynski hasta el amateurismo desarticulado de Perú Libre con Pedro Castillo, pasando por la orfandad parlamentaria de Dina Boluarte— carecieron de organizaciones políticas reales que los respaldaran. Eran franquicias electorales efímeras o coaliciones de ocasión. Fuerza Popular, por el contrario, representa el artefacto partidario mejor estructurado, disciplinado y longevo del Perú contemporáneo. Su bancada en el nuevo Congreso bicameral puede llegar a ser inmune al transfuguismo que suele atomizar los grupos parlamentarios.
A este factor organizativo se suma una reconfiguración del tablero legislativo. El Congreso muestra menos fragmentación parlamentaria y la derecha conservadora tiene una presencia compacta, que puede llegar a ser mayoritaria. No obstante, esta posible estabilidad no equivale automáticamente a un apoyo popular sólido. La impaciencia es la actitud que prevalece en los electorados de las democracias contemporáneas y no sería sorprendente constatar en breve que no hay “luna de miel” de Keiko con la opinión pública.
¿Un autoritarismo previsor?
Es en este cruce entre posible estabilidad parlamentaria y fragilidad social donde cabe atender las advertencias del docente e investigador de la Universidad del Pacífico Roger Merino sobre la emergencia de lo que denomina una “dictadura por diseño”. Este académico contrasta el fujimorismo de segunda generación con la experiencia autocrática de los años noventa liderada por el padre de la nueva presidenta y Vladimiro Montesinos.
Según Merino, el diseño autoritario de los noventa se fue improvisando sobre la marcha. Por el contrario, el escenario que se prefigura bajo Keiko invierte esa lógica temporal y esboza un “autoritarismo preventivo”, cocido a fuego lento en múltiples iniciativas parlamentarias en los últimos años. Mediante contrarreformas legislativas y un sutil copamiento de los organismos autónomos —incluyendo el Tribunal Constitucional y los entes del sistema electoral—, Keiko ha edificado una arquitectura legal a la medida de sus intereses. Este reformateo busca debilitar los contrapesos republicanos y crear un escudo de impunidad preventivo: se han restituido los tribunales policiales-militares para juzgar los actos de represión bajo la figura de “delitos de función” y se ha blindado de manera anticipada a las fuerzas públicas frente a eventuales procesos por violaciones a los derechos humanos, debilitando el control de convencionalidad de los magistrados locales.
La gran incógnita a despejar a partir de la toma de posesión es cómo reaccionará el Perú excluido de los beneficios de la modernización globalizada. Carlos Meléndez anticipa que la verdadera oposición al gobierno de Keiko Fujimori no se articulará en los pasillos del Congreso sino en las calles de Lima y, sobre todo, de las regiones donde más arraigados están los movimientos sociales y donde Keiko tuvo una votación marcadamente minoritaria.
El sur andino ha sido históricamente un foco de resistencia irreductible frente al tirón centralista de Lima. El estallido social de los años 2022 y 2023 dejó una profunda huella de resentimiento y demandas de justicia insatisfechas que la transición institucional posterior simplemente decidió ignorar. Con la infraestructura legal autoritaria ya lista y un discurso oficial que criminaliza preventivamente la movilización ciudadana, el riesgo de una recaída en la violencia estatal no se puede descartar.
Para los actores económicos dominantes, la continuidad está garantizada bajo la enseña de la certidumbre tecnocrática. La promesa de mantener a Julio Velarde al frente del Banco Central de Reserva funciona como el bálsamo habitual. Sin embargo, los equilibrios macroeconómicos son de una fragilidad extrema cuando se asientan sobre sociedades fracturadas. Keiko Fujimori ha logrado finalmente coronar la ambición mítica de su apellido, pero el país que recibe está lejos de ser el del orden pacificado de los noventa. Es una caldera cuyo diseño de seguridad está pensado para contener la presión, pero no para apagar el fuego.
lunes, 6 de julio de 2026
Mercosur: la silla vacía del sospechoso de siempre
1 de julio de 2026
El cierre de la 68.ª Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del Mercosur en Asunción ofrece una radiografía extraordinariamente nítida de las contradicciones que anidan en el estado actual de la integración sudamericana. La capital paraguaya fue escenario de una marcada disociación: el bloque avanza por la inercia de sus compromisos técnicos e institucionales e impulsado por la realidad económica, mientras su superestructura política exhibe niveles inéditos de fragmentación, desinterés y desdén diplomático. El presidente paraguayo Santiago Peña ofició de anfitrión de un encuentro marcado por tensiones subyacentes y ausencias clamorosas.
La fotografía oficial de la cumbre ofrece un mapa político de la nueva y compleja realidad regional, muy alejada de cualquier monolitismo. El bloque es hoy un mosaico diverso y complejo donde conviven liderazgos muy disímiles. Por un lado, Luiz Inácio Lula da Silva aparece erigido, por el mero peso específico de Brasil, en el garante último de la continuidad del bloque.
El debut de Yamandú Orsi, quien asumió en nombre de Uruguay la presidencia pro tempore aporta un complemento de ideas comunes, aunque sin resignar la pretensión de Montevideo de flexibilizar la unión aduanera para abrir nuevos mercados fuera de la región. A ellos se sumó el flamante mandatario boliviano Rodrigo Paz, cuya presencia sanciona la plena incorporación de su país al mercado común.
El cuadro se completó con la presencia de los estados asociados, representados por dos figuras que ilustran el giro de la región hacia la derecha: el ecuatoriano Daniel Noboa y el chileno José Antonio Kast. Con esta variopinta composición el Mercosur deja definitivamente de ser un club de afinidades ideológicas y se vuelve una arena de coexistencia, donde líderes políticos de signos opuestos se sientan a la mesa para gestionar un entramado comercial y económico interdependiente.
Faltazo y diplomacia de facción
En el lenguaje de la diplomacia, las ausencias suelen comunicar con mayor elocuencia y crudeza que los discursos oficiales. Fue precisamente una silla vacía la que acaparó las especulaciones en la capital guaraní. La decisión de Javier Milei de desertar de la cita constituye un nuevo y episodio de una política exterior regida por el faccionalismo ideológico antes que por la persecución del interés nacional.
El relato de la Casa Rosada intentó débilmente justificar un nuevo faltazo escudándose en la urgencia de la crisis doméstica desatada alrededor de la corrupción de Manuel Adorni. No obstante, la coartada apenas disimuló con desgano el verdadero mensaje del gobierno libertario. En las mismas horas durante las que sus pares se reunían, Milei optaba por recibir con honores en la Quinta de Olivos al senador brasileño Flávio Bolsonaro. Este gesto, de cara a las elecciones presidenciales que enfrentarán a Lula y la extrema derecha en octubre próximo, fue una nueva provocación gratuita, adobada con la sobreactuación a la que es adepto Milei.
Al privilegiar la construcción de una entelequia reaccionaria global por sobre la relación institucional con Brasil —el principal destino de las exportaciones industriales argentinas—, el gobierno perpetra otra abdicación de la diplomacia de Estado. La ausencia en Asunción es el síntoma de una concepción que entiende los foros multilaterales como plataformas que resultan estériles a menos que puedan ser vampirizadas para la llamada “batalla cultural”. Este autismo diplomático viene aislando cada vez más a la Argentina de los centros de toma de decisiones.
El florecer tardío del regionalismo abierto
A contramano de este ruido político, la agenda sustantiva demostró que la “sala de máquinas” del Mercosur sigue operando. El comunicado conjunto delineó un programa enfocado técnicamente en la facilitación del comercio, la modernización aduanera y la transformación digital. En materia de inserción global del bloque, se conmemoró el hito de la entrada en vigor provisional del pilar comercial del acuerdo con la Unión Europea, un tratado que ya comienza a alterar el perfil del intercambio bilateral.
Paradójicamente, es ahora, en el clímax de la fragmentación política y de la balcanización ideológica, cuando el bloque parece estar cumpliendo finalmente con el mandato original del regionalismo abierto. Esa visión acuñada en los años noventa postulaba que la integración regional no debía construirse como una fortaleza amurallada para persistir en la vieja sustitución de importaciones, sino como un trampolín para la competitividad y el eslabonamiento con las entonces nacientes cadenas globales de valor. Durante tres décadas, la idea quedó sin concretarse. Hoy, la vigencia parcial del acuerdo con la UE, el relanzamiento de las negociaciones del Mercosur con Japón y la dinámica que imponen el comercio con China y las inversiones provenientes de esa potencia emergente son todos elementos delinean una apertura a contramano de la desaceleración decenal de la globalización.
En cualquier caso, la deserción de Argentina escamotea una discusión necesaria sobre el futuro de los sectores de mayor valor agregado del bloque. Los sectores menos competitivos de sus dos mayores economías enfrentan con incertidumbre un acuerdo con la UE que los sectores del extractivismo ven como una gran oportunidad. Es frente a esto que la fractura del eje Buenos Aires-Brasilia puede tener consecuencias indelebles. Dentro de los límites impuestos por ese acuerdo, los estados están llamados a sostener las respectivas industrias en su esfuerzo por adaptarse y competir. Mientras que Brasil parece preparado a proveer ese sostén, en Argentina campea un laissez-faire decimonónico que se solaza en ver como las importaciones de la UE le ponen el último clavo al féretro la industria nacional.
El giro securitario que le gusta a Washington
El envión comercial, sin embargo, no elimina los puntos de controversia. En un giro que refleja el signo de la época, la seguridad regional irrumpió en una agenda en la que habitualmente se trata más que nada de nomenclaturas arancelarias. Las intervenciones de Kast y Noboa introdujeron en el orden del día la cuestión del crimen organizado transnacional, que es tanto una realidad como un caballo de Troya de la estrategia de seguridad hemisférica de los EE.UU.
El mandatario chileno arguyó la vulnerabilidad del mayor proyecto de infraestructura del bloque, el Corredor Bioceánico. El eje Santiago-Quito expuso prioridades divergentes entre estos dos miembros asociados y los tres miembros plenos a través de cuyos territorios avanza la carretera multimodal: Brasil, Paraguay y Bolivia. Esta securitización que postulan los presidentes del Pacífico esconde mal el objetivo de empujar al bloque en dirección hacia la cooperación policial y en inteligencia con EE.UU. A tan sólo días de la decisión del gobierno de ese país de declarar organizaciones terroristas a dos bandas criminales originadas en Brasil, esos discursos presidenciales tienen poco de casuales.
La presidencia pro tempore semestral que hereda Yamandú Orsi tendrá como tareas mantener el envión aperturista —algo que es política de Estado para Montevideo— y desplegar dotes de orfebrería política para zurcir una diplomacia presidencial deshilachada.
El Mercosur que exhibió la cita paraguaya es una criatura institucional bifronte. Por un lado, el bloque ostenta herramientas técnicas sólidas, un tratado bi-regional en plena fase de despliegue y una resiliencia burocrática que todavía tiende puentes allí donde la política insiste en dinamitarlos. Por la otra, padece la afirmación de algunos de sus socios mayores en trincheras ideológicas que agregan tensiones en ese plano a las todavía mal resueltas en el plano primordial del Mercosur, que es el comercial.
El mercado común sobrevive, en buena medida, en piloto automático, pero ninguna entidad resiste eternamente el sabotaje de sus líderes. Si algunos rebajan la diplomacia a escaramuzas culturales, el bloque persistirá, a lo más, como un gigante con pies de barro: comercialmente abierto, pero incapaz de sostener a las industrias de Brasil y Argentina frente a la competitividad europea. Frente a este vínculo asimétrico con la UE, la acción o la inacción de los Estados será la diferencia entre fenecer destruyendo empleo o reconvertirse de manera socialmente provechosa.
El improbable renacimiento: la izquierda estadounidense acierta varios plenos
junio 25, 2026
Es una de esas ironías que la historia, en su paciente despliegue, reserva para recordarnos que los marcos analíticos con los que intentamos aprehender la realidad pueden estar, muchas veces, un paso detrás de los hechos. Mientras el socialismo democrático europeo se debate en una penumbra existencial, y se cuentan con menos que los dedos de una mano los gobiernos encabezados por partidos de esa familia, al otro lado del Atlántico, en el corazón mismo del imperio, está ocurriendo un renacimiento que hasta hace nada hubiéramos despachado como una quimera.
Los resultados de las recientes elecciones primarias que han sacudido la escena política estadounidense no son un accidente estadístico. Son la manifestación de un cambio profundo que está teniendo lugar dentro del Partido Demócrata. Lo que hemos presenciado no es meramente una victoria de candidatos progresistas sobre el aparato tradicional, sino la insinuación de una nueva correlación de fuerzas que amenaza la vigencia del consenso centrista que ha definido a ese partido desde la era Clinton.
A la victoria del socialista Zohran Mamdani en las elecciones de alcalde de la ciudad de Nueva York en noviembre pasado, se viene a sumar ahora la de la también socialista Janeese Lewis George en las primarias para la alcaldía de Washington D.C. En una ciudad abrumadoramente demócrata, donde los republicanos sólo compiten para guardar las formas, la ahora candidata tiene asegurada su elección. Aunque haya que volver a leerlo después de escribirlo, dentro de cinco meses tanto la capital financiera del mundo como la capital política de los EE.UU. tendrán jefes municipales socialistas.
En lo que ya se puede calificar de una modesta pero destacable ola, el 3 de junio fueron consagrados candidatos por el Partido Demócrata para las elecciones de medio término cuatro dirigentes apoyados por el senador independiente Bernie Sanders en Montana, California y Nueva Jersey. A esos triunfos del ala izquierda se sumaron esta semana tres candidatos a la Cámara de Representantes sostenidos por Mamdani en Nueva York. A la consagración de estas nuevas figuras para las elecciones nacionales hay que sumarle cinco (posiblemente seis) futuros miembros socialistas de la asamblea legislativa del estado de Nueva York que también ganaron sus primarias.
Este incipiente giro tiene artífices bien identificables. Desde su elección al Senado por su Vermont adoptivo, Sanders se ha proyectado como el patriarca de una nueva generación de activistas y ha logrado transformar lo que parecía una utopía en una hoja de ruta viable. Pero si Bernie ha sido el sembrador, las figuras de Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) y del ya mencionado Mamdani representan la cosecha. Que figuras como Claire Valdez y Darializa Ávila Chevalier vayan a representar a Nueva York en el Capitolio a partir del año que viene es algo que no puede explicarse sin la red de contrapoder que ellos han ayudado a tejer.
Estos resultados son la «prueba de vida» de una izquierda que ha dejado de ser un grupo de protesta ruidoso en la periferia para convertirse en un factor de poder con capacidad de veto y liderazgo. El Squad de Ayanna Pressley, Rashida Tlaib, Ilhan Omar y AOC en el Capitolio sale fortalecido con estas nuevas incorporaciones y empieza a alterar la aritmética legislativa. Este grupo ya no busca apenas incidir en la agenda; busca dictar los tiempos y los temas del debate. La retórica del establishment ha colapsado: la descalificación de que la izquierda es piantavotos está siendo desmentida por los hechos.
Sin desmerecer el trabajo organizativo desde abajo, es necesario subrayar que un factor al menos igualmente decisivo, catalizador de estas victorias, es el ambiente de opinión pública que ha desatado definitivamente la guerra de elección trumpiana en Medio Oriente. Una mutación de la mirada del electorado demócrata hacia Israel que ya estaba en curso se ha acelerado al máximo desde el ataque estadounidense-israelí contra Irán el 28 de febrero pasado. La evidencia es contundente. El apoyo bipartidario incondicional a Israel, otrora un dogma sagrado para las élites, se desploma entre la ciudadanía. Según los datos más recientes de Gallup el 65% de los demócratas simpatiza más con los palestinos, frente a un exiguo 17% que mantiene su simpatía por los israelíes. Este vuelco no es una anomalía, sino una tendencia estructural. A esto debemos sumar los informes del Pew Research Center, que señalan que el 83% de los votantes que se ubican a la izquierda en el espectro político tienen una visión desfavorable de Israel.
Benjamín Netanyahu, protagonista tácito de estas elecciones a muchos miles de kilómetros de la Tierra Prometida ha logrado lo que parecía imposible: arruinar la reputación del Estado de Israel ante la opinión pública estadounidense. La brutalidad de la campaña en Gaza —descrita por académicos como Omer Bartov como una dinámica genocida— ya había dejado una huella indeleble. Si a esto añadimos la impopular guerra contra Irán y su impacto económico deletéreo, la ecuación se completa: la aventura bélica, vista por la mayoría de los estadounidenses como una escalada innecesaria, ha terminado por fracturar la lealtad de sectores que, hasta hace poco, habrían votado por candidatos alineados con aquella incondicionalidad secular.
En estas elecciones, por el contrario, la inercia de aquella lealtad automática se ha vuelto un yunque colgado del cuello de los candidatos del establishment demócrata. Recibir o no dinero del Comité de Asuntos Públicos Americano-Israelí (AIPAC) fue un hecho que llevó a los electores a abrazar o descartar un candidato. Hasta uno progresista, aunque inconmoviblemente pro-israelí, como Adriano Espaillat, malogró su reelección por aceptar para su campaña 600.000 dólares de ese grupo de presión. Los millones inyectados en estas contiendas (a menudo utilizando pantallas legales), a diferencia del ciclo electoral de hace dos años, donde alcanzaron para eyectar de sus bancas a los miembros del Squad Jamaal Bowman y Cori Bush, fueron inocuos o contraproducentes esta vez.
Sin embargo, sería un error analítico atribuir este éxito únicamente a preferencias de política exterior. Lo que permitió que la izquierda prevaleciera frente a maquinarias electorales bien financiadas fue la disciplina en mantener el foco de las campaña en la asequibilidad y el costo de vida. Estos candidatos comprendieron que la indignación moral por sí sola no gana elecciones; la clave fue conectar las propuestas con la realidad doméstica. La “receta Mamdani”: centrar su discurso, de manera obsesiva y constante, en la crisis de la vivienda, el costo de los alimentos y la precariedad de los servicios públicos, logró transformar la angustia social en vector de una agenda política concreta. Aún en campañas donde se puede gastar dinero sin límite, una billetera abultada no garantiza la victoria cuando el desafiante logra evidenciar que el incumbente está ideológicamente desconectado de los intereses de quienes pretende representar.
Estos éxitos pueden ser poca cosa comparados con la toma del Palacio de Invierno o con las nacionalizaciones laboristas en el Reino Unido de posguerra, pero nos ponen ante un punto de inflexión que marca el fin de un aspecto de la excepcionalidad estadounidense: un sistema político sin izquierda. El mito de la infalibilidad de la política exterior imperial no sólo no ha podido ser resucitado por el guerrerismo de Trump, sino que yace enterrado más profundamente al atarse a las topadoras de Netanyahu. Mientras tanto, algo nuevo, aún incierto, pero innegablemente transformador amenaza con echar raíces. El descrédito de AIPAC puede ser una oportunidad para una relación bilateral que tenga en cuenta el bienestar de los israelíes y no se ocupe de sostener carreras políticas. La política puede volver a ocuparse de que la vida sea para algo más que trabajar. Y es precisamente en esas posibilidades inciertas donde reside, contra todo pronóstico previo, la esperanza.
La soberanía colombiana en juego en la segunda vuelta
17 de junio de 2026



