lunes, 8 de julio de 2019

Impeachment: ¿más problema para los demócratas que para Trump?


La amenaza de impeachment que beneficia a Trump
En revista Replanteo de Junio de 2019
Por Gabriel Puricelli*

Hay una expresión del idioma inglés que no es fácilmente traducible al español: “he’s all over the place”. Se usa para referirse a alguien cuya conducta es inasible, que está envuelto en demasiados asuntos y el sentido de cuyas acciones es difícil de discernir. Probablemente no haya en nuestro idioma un modo de captar mejor la coyuntura que atraviesa el presidente de los EE.UU.: Donald Trump is all over the place.

Las semanas que han transcurrido desde la publicación del informe del fiscal especial Robert Mueller han sido trepidantes. Una lista incompleta nos muestra que Trump no sólo se ha esforzado mediante múltiples intervenciones públicas en imponer su lectura del durísimo informe, sino que ha desplegado una estrategia de comunicación defensiva centrada en victimizarse, ha disparado salvas en su intermitente guerra comercial con China, ha viajado al Reino Unido para ser agasajado en el palacio y repudiado en la calle, ha tratado de convencer al mundo de que Irán está incendiando buques-tanque petroleros en el Golfo Pérsico y ha intentado chantajear a México para forzarlo a ser la policía migratoria de los EE.UU. Ante el desafío de capturar en pocas líneas semejante variedad de asuntos, vamos optar módicamente por analizar las secuelas del informe Mueller, y vamos a tomarlo como punto de apoyo para tratar de entender las nuevas reglas que rigen la relación entre el Partido Republicano trumpizado y sus adversarios demócratas.

La publicación de las conclusiones a las que llegó el fiscal especial encargado de determinar si los intentos de Rusia de influenciar el resultado de las elecciones de noviembre de 2016 contó con la colusión del beneficiario de esos intentos, es un momento de la máxima significación para el actual presidente. Obsesionado por ratificar la legitimidad de su acceso a la presidencia, aún después de obtener casi tres millones de votos menos que su contrincante por el entonces oficialismo, Hillary Clinton, Trump ha machacado con la idea de que el informe demostró que no hubo ni colusión, ni obstrucción de justicia. Cuando niega lo primero, sostiene haber ganado las elecciones limpiamente. Cuando rechaza lo segundo, se pone a cubierto de uno de los tres delitos por los cuales fue destituido por el Congreso Richard Nixon. Tricky Dick fue sometido a juicio político, recordemos, por obstrucción de justicia, abuso de poder, y desacato al Congreso.

Lo cierto es que Trump esquiva la bala del informe Mueller porque el fiscal especial tiene las manos atadas por la política impuesta por el Departamento de Justicia, del que es funcionario, de no acusar penalmente al presidente en ejercicio. El informe, sin embargo, es clarísimo al señalar que las conclusiones allí expuestas pueden servir al Congreso para imponer el remedio del impeachment. Y allí, en la posibilidad del juicio político, se abre otra controversia. Concebido como remedio constitucional para lidiar con presidentes a los que el traje de la república les queda chico, en la coyuntura actual se ha vuelto un veneno político para la oposición demócrata. Lejos están los días en que una decisión de tanta gravedad podía concitar apoyos en los dos (únicos) partidos representados en el Congreso: los siete republicanos que se sumaron a la mayoría demócrata para iniciar en 1972 el proceso de destitución de Richard Nixon no aparecen (ni aparecerán) por ningún lado. Trump ha trabajado con enorme éxito para destruir todo terreno común que pudiera existir entre republicanos y demócratas y se ha asegurado de que la adhesión y el respeto a la ley y a las reglas del juego democrático sean una consideración subordinada por completo a los intereses de partido. Con la muerte del último senador republicano con juego propio, John McCain (quien se aseguró de que Trump no estuviera invitado a sus funerales), se evaporó el último vestigio de cualquier inclinación entre los miembros de ese partido hacia el bipartisanship. Ese espíritu de acuerdo bipartidario en ciertos temas fundamentales, otrora invocado por dirigentes en ambas orillas de la distinción política estadounidense es hoy una palabra que aflora frecuentemente a los labios de los demócratas pero que ha sido desterrada del lenguaje del Grand Old Party. Trump lo sabe bien. Cuenta con ello.

El presidente sabe también que él se ha transformado en el gran elector de sus correligionarios en sus respectivos distritos: la amenaza de su excomunicación puede desbaratar precarias mayorías en varios lugares. Bajo ese yugo se extinguen todas las posibles virtudes de sus senadores y representantes. A ello hay que agregar lo que la ciencia política llama gerrymandering, el dibujo caprichoso de cientos de distritos electorales, cuyas fronteras han sido diseñadas a medida de la elección sin competencia de muchos miembros de la cámara baja: ello facilita la elección de extremistas y fundamentalistas que no están obligados a contrastar sus posturas con ningún candidato más moderado. Entre temerosos que se pliegan por necesidad a las posiciones de Trump y ultras electos y reelectos casi sin competencia, la mesa está servida para la radicalización ideológica y el hiperpartidismo, los dos sabores de helado favoritos del actual presidente. 

Por otra parte, el Partido Republicano tiende a encoger al compás de la declinación demográfica de su electorado, lo que lo empuja cada vez más a actuar con la mentalidad de quien está sitiado y defiende su fortificación, sin que nada más importe. En ese contexto, es casi imposible imaginar una fisura que haga ceder el dique de la mayoría republicana en el Senado, sin la cual un juicio político, aún si pudiera ser iniciado por la Cámara de Representantes, donde mandan los demócratas, está condenado a la esterilidad.

Para los demócratas no resulta fácil aprovechar las municiones que les provee el informe Mueller, por razones que en muchos casos son las opuestas a las que determinan la conducta de sus contrincantes. Aunque la demografía está de su lado (aumenta el número de latinos y otras minorías que votan desproporcionadamente por ellos), el gerrymandering y las medidas para restringir el derecho a elegir que vienen impulsando hace más de una década sus adversarios hacen que eso no tenga una traducción automática en votos. Más aún, con el sistema de Colegio Electoral, ya van dos elecciones en este siglo donde obtener más sufragios no ha servido para alcanzar la presidencia. Por otra parte, así como los republicanos se angostan ideológicamente y se corren a la derecha, los demócratas se ensanchan y ya no abarcan simplemente una franja entre el centro y la centroderecha, sino que se quedan con todo el resto de la centroderecha que abandonan los republicanos e incorporan una franja de centroizquierda que se compone de antiguos independientes, nuevos votantes y dirigentes tradicionales que vuelven a abrevar en las fuentes del New Deal rooseveltiano y el proyecto de la Great Society de Lyndon B. Johnson, abandonadas (salvo por unos pocos) durante los años del centrismo de Clinton y de Obama. Encontrar una agenda que promedie los intereses y valores de los vecinos de suburbios que van abandonando el voto tradicional a los republicanos, de los granjeros del medio oeste, de los sindicatos industriales y de las jóvenes generaciones de las grandes metrópolis con sus demandas (no sólo) posmaterialistas es una tarea muy difícil. Ello provoca a veces fracturas y (más frecuentemente) una parálisis táctica que impide aprovechar los errores del adversario. Agreguemos el ingrediente de una dirigencia parlamentaria que es una herencia de la etapa centrista y que se aferra a la búsqueda de consensos que se han vuelto imposibles por el total desinterés que muestran los republicanos. La cuestión del juicio político a Trump es el tema perfecto para hacer aflorar esos problemas. Por un lado, están quienes se inclinan por impulsarlo, con el sencillo argumento de que las violaciones de la ley que ha cometido Trump son más que suficientes para requerir ese remedio. Las más de las veces se trata de dirigentes que tienen la reelección asegurada en distritos donde los republicanos han encogido hasta ser testimoniales. Por otro lado, están quienes consideran arriesgado ese camino, porque podría galvanizar a los republicanos y complicar las chances de reelección de muchos demócratas en distritos competitivos o que tienen tradición de voto cruzado: a un partido distinto en cada categoría a elegir. Los primeros tienden a pensar que la elección presidencial de 2020 ya está ganada, los segundos, que hay una cuesta empinada que subir para ganar el Colegio Electoral.

La indefinición demócrata beneficia a Trump en un nivel obvio: esquiva de momento la amenaza de destitución. Pero, más crucialmente, lo beneficia en otro: lo mantiene en el centro de la escena. Que la palabra impeachment esté en el aire le permite jugar a la victimización, a mostrarse en el lugar más paradójico posible para el líder más fuerte del mundo: el de perseguido. Trump tiene otra ventaja estratégica, que deriva del angostamiento ideológico de su base: le resulta más sencillo representar a un electorado más homogéneo. Esto se ve reforzado por otra cuestión en la que Trump se desmarca por completo de sus adversarios y de sus predecesores: está exclusivamente preocupado por representar y no (o no mucho) por gobernar. Vale decir, para Trump no importa en lo más mínimo no haber contado con la aprobación mayoritaria de la opinión pública desde el inicio de su gestión. Al contrario de cualquiera de sus predecesores, que no sólo gozaron por momentos de tasas de aprobación por encima de los votos obtenidos, sino que calibraron sus acciones de gobierno para tratar de alcanzar esas tasas, Trump está convencido de que para ejercer el poder basta con haber sido electo y con mantener luego la adhesión de los propios. Ese es el new normal al que sus adversarios no logran adaptarse. Trump les propone un duelo a muerte que los demócratas eluden porque entienden que la radicalización del enfrentamiento lo beneficia a él, pero al rehuirlo le facilitan salirse con la suya. En política no hay un árbitro para pitar las faltas contra las reglas de juego de ningún jugador: cuando hay un jugador que espera eso, el otro jugador probablemente se beneficie de la violación de las reglas, más aún si está convencido de que no hay tal violación, sino simplemente unas reglas nuevas: es problema es del adversario si no está anoticiado de que eso es así.

Las críticas a Trump, por cierto, no caen en el vacío. Los demócratas también satisfacen la necesidad de representación de su propio electorado al realizarlas. Pero su incapacidad de hacer algo decisivo al respecto los pone en el rincón de la impotencia frente a un presidente que hace lo que se le antoja o, para ser precisos, que hace lo que favorece a intereses particulares, sin mayor consideración por alguna noción que pueda pasar por bien común.

El juego tiene mucho de ruleta rusa, pero tal vez se esté jugando con un revólver con el tambor vacío. Nada le garantiza a Trump su reelección en noviembre de 2020, pero su capacidad de representar a una minoría electoralmente viable (una cuyo voto puede lograr la mayoría en el Colegio Electoral que elige presidente) le pone un piso alto a los demócratas. Esa capacidad de representación resiste casi impertérrita impugnaciones (como las que fundamenta el lapidario informe Mueller) que en el pasado hubieran herido de muerte a cualquier político de cualquier rango: cuando tanto los demócratas como la prensa liberal machaca con la colusión con Rusia, los efectos no tienen nada que ver con los que causaba el anticomunismo hasta la caída del Muro de Berlín y tampoco parecen importar mucho las inconductas presidenciales de otro tipo. La hiperpartidización conlleva la disculpa instantánea de los errores del bando propio y el blindaje ante las críticas de los ajenos. El anticomunismo o el reproche a Nixon funcionaron porque había bipartisanship. Cuanto más demoren los demócratas en entender esto, más energía desperdiciarán en pegarle a Trump en donde ni a él ni a su electorado les duele.


* Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Trump herido, pero no de muerte



 La columna original en el diario

La ola azul no liquida a Trump
Domingo 11 de noviembre de 2018
Por Gabriel Puricelli

¿Lo que no me mata, me fortalece? Por detrás de la furia indisimulada con la que Trump ha enfrentado a la prensa para ostentar lo que pretende se le reconozca como una “victoria” el 6 de noviembre es fácil adivinar las dudas que lo asaltan. Si nos atenemos a los hechos, la toma de control por el Partido Demócrata de la Cámara de Representantes mortifica al presidente en primer lugar por el poder que ésta tiene de citarlo a declarar en cualquier investigación que se lleve adelante sobre su desempeño. Eso es lo que explica la velocidad relampagueante con que se deshizo del Fiscal General Jeff Sessions, a quien hace meses venía criticando por no poner obstáculos a la investigación del fiscal especial Robert Müller, y su reemplazo interino por Matthew Whitaker, quien ha hecho saber que no cree que los representantes tengan derecho a citar al jefe de estado.

Aún perdiendo por amplio margen en el voto popular, el Partido Republicano mantuvo el control del Senado. Como el recuento de los votos enviados por correo no termina aún en tres estados, no sabemos con qué margen de bancas: hasta el momento, aumentó en dos su ventaja. Con ello, Trump se asegura que no será destituido por un juicio político, ya que los dos tercios de votos senatoriales son inalcanzables, no sólo porque los republicanos son más, sino porque ahora hay más trumpistas entre ellos. Aún despejada esa duda, el presidente está fastidiado porque en la cámara baja habrá número hipotético suficiente para acosarlo non stop con investigaciones hasta noviembre de 2020, cuando él se imagina batallando por su reelección.

La temida ola azul se materializó con el cambio de color de 31 bancas en la cámara baja. El Partido Demócrata amplió a 7,1% la ventaja en el voto popular del 2,1% que había obtenido en la elección presidencial de 2016 y ganó en los tres estados que volcaron el Colegio Electoral en favor de Trump hace dos años: Pensilvania, Wisconsin y Michigan. La oposición no sólo aumenta sus bancas (cosa que es bastante común en las elecciones a mitad del mandato presidencial), sino que lo hace con números entre los más altos para el Partido Demócrata en este tipo de elecciones. En las elecciones en los estados, no sólo le ha arrebatado siete gobernaciones a los republicanos, sino que ha avanzado en casi todas las legislaturas y ha estado tan cerca en Florida y Georgia que todavía no se ha podido oficializar un ganador en ninguno de esos dos estados. Incluso en un lugar donde los demócratas no lograron ganar un abanca en el Senado, como en Texas, tuvieron un candidato viable por primera vez en décadas.

Aunque sólo un líder con la arrogancia y el narcisismo de Trump podría calificar de “victoria” este escenario, tampoco se puede sostener que su evidente derrota sea el fin de su proyecto político. Para nada. En primer lugar, hay que decir que dos de los cuatro objetivos de máxima de su presidencia conservadora ya fueron alcanzados antes de esta elección: imponer una mayoría conservadora en la Corte Suprema de Justicia (que puede durar décadas, dada la juventud relativa de los dos nueves jueces que nombró Trump) y la baja dramática de los impuestos a los ricos. El tercer objetivo, una renovación masiva de la infraestructura del país, tal vez se haya vuelto más sencillo ahora que los demócratas controlan la cámara baja: seguramente se quejarán menos de los nuevos gastos presupuestarios que esto implicará de lo que se hubieran quejado los republicanos más conservadores en lo fiscal. En definitiva, sólo uno de los objetivos de máxima de Trump 2016 ha quedado definitivamente fuera de su alcance: le eliminación de la reforma del seguro de salud, el Obamacare.

¿Hacia dónde irá el Partido Demócrata? Nuevas y reforzadas caras de izquierda (desde Alexandria Ocasio-Cortez hasta Bernie Sanders) convivirán en el nuevo congreso con demócratas que lograron hacerse elegir en distritos conservadores prometiendo que no habrá control de armas y haciendo profesión de fe contraria al aborto legal. Ha habido más de una receta para ganar nuevas bancas y eso le ha dado al partido un gran triunfo. Sin embargo, ello no resuelve la fórmula para ganar, con una única receta nacional, frente a un Trump cuyo apoyo no se ha desfondado y que seguirá teniendo a favor una economía que lo ayudó a no ser arrasado esta vez y que no se debe descartar que lo ayude a volver a ganar en 2020.

lunes, 12 de marzo de 2018

Brasil: la democracia, rehén de los jueces


 La columna original en el diario

El Brasil de la heliastrocracia
11 de marzo de 2018
Por Gabriel Puricelli

El 27 de febrero, en una larga conversación con una de sus más duras críticas en la prensa, Mônica Bergamo, que la Folha de São Paulo publicó dos días después, Lula se definió, trágico, como “un hombre que sabe lo que le espera”. Exactamente una semana después, el Tribunal Superior de Justicia confirmaba esa convicción del ex-presidente brasileño, rechazando el hábeas corpus preventivo presentado por sus abogados para que se le asegurara que no enfrentará prisión hasta que la última instancia judicial haya revisado la condena de primera y segunda instancia que pesa sobre él por “corrupción pasiva y lavado de dinero”.

La democracia en Brasil camina por una cornisa que se angosta cada vez más y cada decisión judicial en el proceso al líder del Partido de los Trabajadores la acerca más al precipicio. Lula carece de cualquier privilegio para hacer frente a sus acusadores, pero es el hombre que lidera (sin siquiera la sombra de un perseguidor cercano) las encuestas de opinión para la elección presidencial de octubre. No está aquí en discusión simplemente el futuro de un viejo líder. Si hiciera falta aclararlo, no se trata de un hombre providencial, si es que los hombres providenciales existen. Lo que está en riesgo es la posibilidad de que la palabra del soberano, del pueblo brasileño, ponga un cierre a un proceso de deterioro de la legitimidad democrática en el país que arrancó con la destitución de Dilma y se profundiza cada día que el gobierno que la sucedió lleva adelante su acción con el apoyo de menos del 5% de la población.

En tanto el juicio político a Dilma fue el camino constitucional que el Congreso encontró para forzar un cambio de gobierno sin consultar a los brasileños en las urnas, sólo una nueva consulta podrá enderezar ese grosero ultraje al espíritu constitucional y democrático. Si en esa consulta no compite, para ganar o para ser derrotado, el candidato que seguidores y detractores saben que es el que cuenta con más apoyo, quien sea que gane las elecciones de octubre arrancará su mandato con un déficit de legitimidad parecido al que tiene hoy el pentacampeón de la impopularidad, Michel Temer.

No cabe duda de que el Partido de los Trabajadores gobernó mediante una alianza con sectores de centroderecha y derecha que se mantuvo unida, en parte, mediante un mecanismo ilegal (fisiológico, dicen en Brasil) de compra y recompra de la lealtad de sus parlamentarios. Hay evidencia, también, de que cuadros del propio PT participaron del cobro de esos peajes espurios. De más está decir que cada acto de corrupción probado merece su condena en sede judicial. Sin embargo, el juicio sobre la obra de gobierno que se llevó adelante usando esos, entre otros mecanismos (incluyendo todos los legales en manos de los gobernantes), le cabe sólo al soberano. Esta piedra basal de la democracia ha sido removida en Brasil para implantar lo que llamaremos una heliastocracia, un régimen donde los jueces (los heliastas en la Grecia clásica) se arrogan el monopolio de la decisión de quién puede ser candidato con el procedimiento penal como mera coartada. Con un poco de pereza intelectual, a ese nuevo régimen que tiene como mascarón de proa a Sergio Moro, juez de esa jurisdicción, se lo llama República de Curitiba, olvidando que en ausencia de poderes equilibrantes no se puede hablar de república. Y los jueces (y el ministerio público fiscal) escapan hoy a cualquier forma de control proporcionado de parte de los otros dos poderes, reducidos a ruinas por acciones propias y por una estrategia deliberada de demolición de los propios jueces.

En manos de ellos está hoy permitir o no que la elección presidencial sea un ejercicio de regeneración y de retorno pleno a la democracia.


martes, 9 de mayo de 2017

La France, comme si de rien n'était

Macron: la continuidad por toda novedad
Martes 9 de mayo de 2017
Por Gabriel Puricelli

La victoria contundente de Emmanuel Macron contiene menos novedad de lo que el nuevo presidente de Francia querría admitir. No se trata del primer adulto joven en llegar a un cargo tan importante en un país tan relevante (baste pensar en Bill Clinton o en Tony Blair, que al llegar al poder tenían una edad cercana a la de este nuevo líder del G7). No se trata de una plataforma de ruptura con el gobierno actual. En fin, su movimiento En Marche! no es mucho más que un reagrupamiento transversal de políticos profesionales.

Para una elección durante cuya primera vuelta quedó en evidencia la soledad política en medio de la cual expiraba el quinquenio de François Hollande, que su sucesor sea quien fue su ministro de Economía es una paradoja curiosa y es la evidencia más elocuente de la continuidad inesperada que encarna Macron.

Tampoco podemos pasar por alto cómo un énarque reemplaza en la presidencia a otro: la Escuela Nacional de Administración, una de las grandes escuelas terciarias de Francia, concebida para surtir de cuadros de dirección al estado vuelve a contar con uno de los suyos en el vértice de la nación, el cuarto de la V República, después de Valéry Giscard d'Estaing, Jacques Chirac y el presidente saliente.

Lo que en televisión aparece como frescura y novedad puede ser en realidad el fruto orgánico de un orden para el que las elecciones son el momento de plebiscitarse. Es cierto que la segunda vuelta entre Macron y Marine Le Pen es la primera de la que están ausentes los campos tradicionales de la política democrática francesa, pero es la segunda, después de 2002, en la que la política tradicional (esta vez con parte de esos dos campos fundidos en un candidato que intenta “promediarlos”) y con ella su élite, se plebiscitan frente al desafío antisistema, primero, del fascismo crudo de Jean-Marie Le Pen y, esta vez, de la versión bajas calorías de lo mismo dirigida por la hija de aquel. En el caso de Chirac, el plebiscito no sólo fue contundente (más del 80% de los votos), sino que la elección indicó una clara dirección de centroderecha para el futuro gobierno, sin el embrollo de la cohabitación esquizofrénica Mitterrand-Chirac o Chirac-Jospin. Esta vez, con Macron, figura principal de un movimiento embrionario que tanto podrá consolidarse como sufrir su primer derrota en las elecciones parlamentarias de junio, recibe un mandato más débil dada la caída de la participación electoral, la casi duplicación de los votos del Frente Nacional respecto de 2002 y la naturaleza híbrida de su mensaje ideológico.

La elección de Macron, en fin, es una reivindicación tardía de Dominique Strauss-Kahn, el referente socialista que se encaminaba a una coronación en primera vuelta en 2012 hasta que se descalificó a sí mismo con un intento de violación de una mucama de un hotel de Nueva York. En un curioso juego de espejos, así como el libertino socialista que todos conocían y ansiaban votar en el turno anterior quedó fuera de carrera por un crimen intolerable, esta vez fue François Fillon, el mojigato abanderado del conservadurismo católico, el que se autoeliminó cuando emergió a la luz su ejercicio del nepotismo y su enriquecimiento a costa de los contribuyentes. El camino que se le cerró en 2012 al primer exponente realmente popular de la corriente social-liberal del Partido Socialista, se le despejó en 2017 a su hijo putativo, que tuvo que abandonar un Partido Socialista (averiado por la adopción de las tesis social-liberales como doctrina de gobierno) para poder lanzarse al ruedo.

Tal como lo supo prontamente Hollande en 2012, los dados de la fortuna pueden mostrar el día de la elección sus caras ideales, pero no se puede esperar que caigan del lado correcto cada día de gobierno. El presidente saliente nunca superó su condición de presidente par défaut, de hombre que llegó al Elíseo en lugar de otro, de alguien que se benefició no sólo del derrape del corredor más veloz, sino de correr contra un predecesor que había federado todos los odios de Francia en contra de sí. Desprovisto de carisma y de anclaje sólido en ninguna de las corrientes ideológicas del partido, navegó en el mar de las contradicciones entre éstas y las lanzó unas contra otras, sumando al fracaso de su zigzagueo en la gestión la detonación implosiva del partido que el genio de François Mitterrand unificara en 1971.

Macron tuvo la suerte de que el mezquino Primer Ministro que le tocó en desgracia cuando Hollande lo sumó al gabinete fuera Manuel Valls. El representante impenitente de la derecha del PS se encargó de echarlo del gobierno, impidiendo que compitiera contra él en las primarias. Forzado a improvisar una balsa política que miraba más hacia las elecciones de 2022 que a las de este año, Macron se halló de pronto a distancia óptima de la inminente implosión del PS. Justicia quiso que Valls perdiera igual las primarias del partido gobernante. La corrupción de Fillon completó el alineamiento de los planetas.

No abonamos aquí a la idea de que estemos frente a un presidente por casualidad: todo en la biografía de Macron lo preparó para la responsabilidad que está a punto de asumir. Todo en su carta de navegación lo orientaba, aunque tal vez más tarde, al Palacio del Elíseo. Francia y sus instituciones lo acogieron para prepararlo junto a otro puñado de sus mejores y más brillantes. Sorteó con destreza obstáculos y se encaramó a las oportunidades. Macron tiene en sus manos la presidencia, un partido de gobierno por construir y una mayoría parlamentaria por ganar. Nada indica que no vaya a lograrlo, pero nada indica que todo vaya a resultar tan fácil como lo fue hasta ahora.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Trumpazo a la democracia estadounidense

 La columna original en el diario

The Donald, surfer de la furia
13 de noviembre de 2016
Por Gabriel Puricelli

“Sé cómo ganar” fue una las frases que se escucharon de Donald Trump durante la campaña electoral. La invariable arrogancia con que la pronunció se estrelló contra la autosuficiencia de sus adversarios, que hicieron caso omiso de la letra chica de las encuestas y su advertencia de que la intención de voto medida se podía considerar segura dentro de cierto margen de error. Porque no cabe endosar a las encuestas la perplejidad con la que se recibió la confirmación de que Trump sí sabía cómo ganar, sino a la expresión de deseos que blindó no sólo a quienes estaban en competencia con él, sino a una mayoría abrumadora de los observadores.

De los dos candidatos, ganó la competencia quien fue capaz de ser tomado como la mejor arma de protesta contra el otro. Parados ambos sobre dos sólidos bloques electorales de no menos de 40% de los votos, la estocada la dio quien fue capaz de lograr que a una mayoría de indecisos le costara menos aceptarlo como el modo de herir al otro. El “concurso de impopularidad” como inapelablemente lo bautizara la revista británica The Economist se saldó con un resultado que nunca estuvo fuera de lo posible, pero en el que las élites políticas, culturales y mediáticos se rehusaron a creer, sin lograr arrastrar en ese rechazo a ese 1% de los votantes que alcanzó para vocar del lado de Trump los delegados al Colegio Electoral de Wisconsin, Michigan y Pensilvania.

Nada puede minimizar este triunfo como síntoma de la erosión de la legitimidad que corroe a las democracias del mundo desarrollado. Las miserias de posición percibidas por una minoría cada vez más numerosa surgen del retroceso de las clases medias y de la convicción que se hace carne entre quienes precariamente se aferran a esa condición social de que no habrá ascenso para ellos como lo hubo para las generaciones de posguerra y no lo habrá para sus sucesores. El triunfo de Trump debe inscribirse en un fenómeno que ya impactó y continuará impactando a Europa y no hay modo de ignorarlo.

Consolarse con la coincidencia de algunas de sus promesas con los rechazos que definen las posturas progresistas de otras fuerzas en todas las latitudes del globo es una actitud contra la que es necesario advertir, no porque nos hiera la imbecilidad de quienes se dan ese consuelo, sino porque minimiza la vocación restauradora con la que Trump barrena la ola de furia que lo depositó en la Casa Blanca.


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lunes, 12 de septiembre de 2016

A 15 años del atentado contra las Torres Gemelas




 La columna original en el diario







Los efectos perdurables de una atrocidad
Domingo 11 de septiembre de 2016
Por Gabriel Puricelli

El atroz crimen cometido por los seguidores de Osama Bin Laden hace 15 años sigue siendo el telón de fondo sobre el que se recortan todos los atentados terroristas cometidos por los jihadistas desde entonces. El derrumbe de las Torres Gemelas es también la imagen que atormenta a un establishment político y de defensa de los EE.UU. que se encuentra desde aquel momento enfrentado a la paradoja de controlar el poder más letal que haya estado nunca en manos de una única superpotencia y no poder, sin embargo, ordenar el mundo a su voluntad.

El 11 de septiembre de 2001 dio lugar a una reorientación radical de la política exterior estadounidense, que abandonó de un plumazo el realismo y adoptó una doctrina revolucionaria pergeñada por los neocons que rodeaban a George W. Bush, en cuyo corazón había una idea: impulsar un cambio de régimen en los países considerados una amenaza, bajo el supuesto de que la democratización los haría amigos de los EE.UU. El banco de pruebas fue Irak, con consecuencias que se ven claramente en la hecatombe de violencia y muertes en masa que arrasa hoy a parte de Medio Oriente y el norte de África.

El atentado del que hoy se cumplen 15 años contuvo también dos novedades estratégicas. Por un lado, fue la puesta en práctica de una amenaza: llevar el frente de batalla a los países que encarnan al “infiel”. Por el otro, fue la demostración de la escala del daño que se podía causar prescindiendo de cualquier tecnología bélica. Esas dos novedades se hicieron rutina, con atentados repetidos en ciudades europeas y de países aliados de los EE.UU., llevados a cabo por medios o bien poco sofisticados o bien no convencionales y a la vez absolutamente ordinarios: de los aviones comerciales al camión del reciente atentado en Niza, sin desdeñar, claro, las armas de fuego.

Pero allí donde los terroristas han persistido con modos de causar muerte que han probado su eficacia sangrienta, los EE.UU. han abandonado la doctrina neocon y abrazado una peculiar forma del realismo centrada en los asesinatos selectivos. Esta estrategia, transformada en doctrina en un dictamen del primer Fiscal General de la presidencia de Barack Obama, Eric Holder, ha incluido la ejecución extrajudicial del cerebro del atentado de Nueva York y de decenas de otros “combatientes enemigos” en media docena de países distintos, seguida de una estela de  muertes de quienes estaban cerca de donde distintos aviones no tripulados lanzaron sus misiles: “daños colaterales”.

La devastación del sur de Manhattan ha tenido efectos pedagógicos perdurables. Convenció a parte de los estadounidenses de que “allá afuera” todo es peligro y alimenta, hasta hoy, pulsiones aislacionistas y belicistas que son activadas en provecho propio por distintos líderes domésticos. Demostró a bolsones significativos de comunidades de origen inmigrante en los propios EE.UU. y en Europa que hay un terrorismo hágalo-usted-mismo al alcance de la mano, promoviendo así el accionar tanto de grupúsculos sociopáticos como de movimientos fundamentalistas más amplios.


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lunes, 14 de marzo de 2016

Sanders puede hacer un mundo de Michigan







Lunes 14 de marzo de 2016
Michigan, el mundo de Sanders
Por Gabriel Puricelli

Hasta el propio Bernie Sanders se había ido a dormir antes de que fuera proclamado el ganador de la primaria demócrata del martes pasado en el estado de Michigan. Ese solo hecho debería bastar para dar una dimensión tanto de la sorpresa que su ajustada victoria significó, como de la confianza casi ciega que sociedades modernas como la estadounidense depositan en los oráculos contemporáneos. No vamos a caer aquí en pronosticar lo contrario de sus supuestas profecías, porque seguramente contribuiríamos a reforzar el prestigio de quienes las anuncian al (con toda probabilidad) equivocarnos. Sin embargo, estamos obligados a señalar cómo la impostura de quienes se creen capaces de adelantarnos el final de la película escamotea la discusión de aquello que es importante y que ya ha emergido en estas primarias como la cuestión que las definirá en perspectiva histórica.

No se trata simple o solamente de hacer leña de los encuestadores caídos después de anunciar que Hillary Clinton ganaría el estado del medio oeste por más de 20 puntos porcentuales: las encuestas no son, en definitiva, más que la munición con que cargan sus armas los pundits, los analistas y los observadores “informados” que dominan el aire televisivo y radiofónico y el flujo de los bits en las sitios web periodísticos. Los mismos que habían comprado pochoclo para ver una remake de Clinton vs. Bush casi un cuarto de siglo después, reservan su mejor cara de sorpresa para hablar de los estragos que está haciendo Donald Trump en la interna republicana, pero recuperan su mejor cara de suficiencia para tranquilizar a quienes los escuchan con la aseveración de que la normalidad está a salvo porque los demócratas elegirán inevitablemente a Hillary. La posibilidad de que el desempeño de Sanders anuncie una nueva normalidad escapa casi por completo a análisis pertrechados de series históricas de datos que posibilitan una visión despejada por el espejo retrovisor pero que iluminan de manera incierta lo que viene.

En lugar de sorprendernos por el comportamiento electoral de los estadounidenses, convendría compararlo con el de los ciudadanos de otras democracias en el hemisferio norte. En efecto, la huida desde el centro hacia izquierdas y derechas de tonos más fuertes es un fenómeno que en los años posteriores a la crisis financiera del 2008 se ha verificado en cada votación en la mayoría de esos países. La movilización de sectores que se habían acostumbrado al abstencionismo también apareció como un rasgo repetido. Sin transformar esto que constatamos al comparar, en una tendencia que debería verificarse mecánicamente en todo el mundo desarrollado, no es descabellado suponer que la erosión de la legitimidad de estos distintos sistemas políticos, que se manifiesta en el abandono masivo de adhesiones políticas consolidadas, está detrás de la emergencia de nuevos partidos y liderazgos también en los EE.UU.

La relevancia inocultable de Sanders reside allí. Y Michigan lo pone en evidencia no tanto por la sorpresa, sino porque la composición social del estado es muy representativa del promedio de los EE.UU. actuales y es muy similar a la que tienen la mayoría de los estados que van a votar desde el 15 de marzo en adelante. La ventaja que Hillary tiene entre los superdelegados que votarán en la convención demócrata en Filadelfia en julio, pero que no son electos en las primarias, hace que sí sea muy difícil que Sanders llegue a ser el candidato, pero el sesgo que el senador socialista le ha dado al debate político ya marca decididamente la campaña.

Hay otro factor que se omite: la manufactura del consenso político en EE.UU. se situó en el “centro” en el contexto histórico de la Guerra Fría. Con un anticomunismo al que sólo le faltaba ser mencionado en la constitución, a la democracia estadounidense se le habían amputado conceptos que habían circulado libremente en su seno hasta el período de entreguerras. Un veterano como Sanders funciona como un filamento entre el presente y una tradición que fue marginada, pero lo significativo son los menores de 40 años que, votando en proporciones de hasta dos a uno por él sobre Hillary, muestran que las palabras prohibidas de otro tiempo pueden ser pronunciadas de nuevo.

Está suficientemente dicho y repetido lo que Trump significa como amenaza para el sistema político de su país y para el mundo en el que su país es la única superpotencia. Bien dicho. No dejemos de lado, sin embargo, la consideración de la campaña “insurgente” de Sanders y su contribución a que el debate político incorpore los temas y demandas que han sido parcialmente ignoradas en las últimas tres décadas. Sin su concurso, el juego de la deslegitimación de Trump tendría muchas más posibilidades de arrasar con todo.

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martes, 21 de julio de 2015

Se termina la guerrita fría

 La columna original en el diario

El fin de otra antigualla
21 de Julio de 2015
Por Gabriel Puricelli

Los autazos remendados que se pavonean por el malecón de La Habana empezaban a parecer nuevos frente al anacronismo de la ausencia de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. La decisión de Raúl Castro y Barack Obama de ingresar tardíamente en la era de la post Guerra Fría, que arrancó hace más un cuarto de siglo, tiene en la reapertura formal de sedes diplomáticas en sus respectivas capitales un momento que es tanto de clímax como de anticlímax. Lo uno, porque escriben una página que está automáticamente inscripta en los libros de historia. Lo otro, porque si se repasa la agenda posible de la relación bilateral ahora que tomó la ruta de la normalidad, resulta casi menos conflictiva que la agenda entre Noruega y Suecia.

Miremos con perspectiva: Estados Unidos tiene con México una relación en la que debe lidiar con problemas de una dimensión que hace que los que tiene o pueda tener con Cuba resulten irrisorios. Narcotráfico, inmigración ilegal y violencia, por nombrar sólo los negativos. Los mismos que figuran al tope del ranking en la relación de Washington con los países inmediatamente al sur de México. La amenaza no proviene de los estados, sino de sociedades en tensión, agrietadas por la desigualdad, atraídas y repelidas por el rumor de la sala de máquinas del capitalismo norteamericano. Flujos de inversiones compensan parcialmente el lado oscuro de ese orden del día.

En cambio, Cuba no es una amenaza existencial para los Estados Unidos desde que los soviéticos desarmaron sus lanzaderas misilísticas en 1962 y hace rato que ha dejado de desafiar con su apoyo espiritual o material a insurgencias latinoamericanas o africanas. Al contrario, La Habana es la Oslo del Caribe a la hora de poner la mesa para las guerrillas colombianas y el gobierno de Bogotá. Hasta Raúl Castro puede funcionar de sordina de la trompeta de Nicolás Maduro cuando hay una cumbre como la reciente en Panamá.

Todos los problemas que venimos de repasar tienen una escala y un nivel de dificultad que empequeñecen las cuitas que provoca Cuba en Washington. Y no hablamos siquiera de los problemas que presenta para la única potencia contemporánea el vasto escenario que va desde Libia hasta Pakistán. Cuba no tiene nada dañino que exportar a su vecino geográficamente más cercano y Estados Unidos no encuentra ya razones para negarle a sus empresas la posibilidad de asociarse provechosamente con el estado castrista como lo han hecho españoles o canadienses, por nombrar sólo a dos jugadores grandes en el gran lagarto verde.

¿Borra este inventario 50 años de desconfianza? No de un plumazo. ¿Elimina esta auditoría veloz las ganancias retóricas que ambos gobiernos pueden obtener frente a sus ciudadanos criticándose mutuamente? Menos todavía. Sin embargo, nos mentiríamos a nosotros mismos si no describiéramos esta realidad material que ha debilitado para siempre las bases de esa desconfianza y la justificación de esa retórica.

Nixon fue a China arriesgando infinitamente más de lo que puso en juego Obama para este restablecimiento del vínculo con Cuba. Y lo mismo vale al comparar a Mao con el más joven de los Castro.

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miércoles, 15 de julio de 2015

Un acuerdo para que Irán no prolifere


 La columna original en el diario
Un hijo inesperado de la Primavera Árabe
Miércoles 15 de julio de 2015
Por Gabriel Puricelli

Cuando Federica Mogherini tuiteó “Hecho. Tenemos el acuerdo”, toda la tensión de meses discutiendo la letra fina de cómo encuadrar a Irán en un régimen (temporario) de no proliferación se disipó y el mundo quedó frente a un hecho de la envergadura de la firma de la paz entre Israel y Egipto. Es necesario remontarse a 1978 para encontrar un evento de semejante significación para la seguridad del planeta. La alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad fue la encargada de darle una cara fresca al resultado de negociaciones conducidas tras bambalinas a cara de perro, luego de que Irán tuviera que rendirse ante el costo económico de años de sanciones internacionales y aceptar que su uso de la tecnología nuclear sea supervisado de manera detallada e intrusiva por la Agencia Internacional de Energía Atómica.

Pero las negociaciones no sólo fueron posibles porque Irán tuvo que doblarse para que no se rompiera el consenso doméstico que mantiene en pie a la teocracia de los ayatolás, sino porque EE.UU., sus aliados europeos, Rusia y China han llegado a la conclusión de que necesitan un Irán estable para restablecer alguna forma de equilibrio geoestratégico en un Medio Oriente estallado luego de la primavera árabe, engullido hoy por la inestabilidad y el debilitamiento de varios estados soberanos en las orillas asiática y africana del Mediterráneo. Un ejercicio del más estricto realismo muestra no sólo que el combate al Estado Islámico en (lo que fueron) Irak y Siria se basa ya en una alianza de hecho entre estadounidenses e iraníes, sino que a mediano plazo Arabia Saudita necesita ser equilibrada por otro actor de peso militar y unidad doméstica similar para que no se aventure en un expansionismo que termina en el financiamiento de fuerzas siniestras como EI.

La necesidad de todos tiene cara de hereje: los tres países europeos que fueron parte de las duras negociaciones, Alemania, Francia y el Reino Unido saben también que la consolidación de la baja de los precios del petróleo (que se esperanzan ayudará a dinamizar sus economías en algún caso anémicas) dependen de la normalización de las exportaciones iraníes de crudo y que el flujo sin fin de refugiados que intentan alcanzar las costas o las fronteras de la UE sólo amainará en parte si Medio Oriente deja de expulsar poblaciones enteras.

Rusia y China, en fin, lograron hacer de las negociaciones no sólo una oportunidad de proteger a un aliado, sino de cooperar con las cuatro naciones occidentales que participaron del proceso, morigerando los efectos de las tensiones militares o económicas que los oponen en otros escenarios. 

Los beneficios de que el acuerdo se cumpla al pie de la letra son obvios, pero los riesgos que traería aparejado su incumplimiento son enormes. En juego está la seguridad de Israel y las perspectivas de encontrar a mediano plazo una estabilidad para la región que igualmente no deja de ser el cinturón de fuego del mundo del siglo XXI.

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lunes, 26 de enero de 2015

Tsipras: un presente griego para la troika



Lunes 26 de enero de 2015
Un eurocomunista extemporáneo
Por Gabriel Puricelli

El resultado de las elecciones griegas encierra varias historias, además de la anunciada reacción ciudadana al austericidio dictado desde Berlín por Angela Merkel. Es la historia del suicidio del Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok), el partido cuya adoración del líder y fundador Andreas Papandreu lo asemejara más que ninguno en la posguerra a los movimientos nacionalpopulares latinoamericanos. El Pasok pagó en votos contantes el giro político de 180 grados que puso en práctica (con el decisivo empujón de la Comisión Europea) el hijo de Andreas, Yorgos. El ajustazo que llevó a la recesión durante su gobierno se profundizó con el gobierno de “gran coalición” actual en el que el Pasok se transformó en el chico de los mandados de su archienemigo histórico, Nueva Democracia, el partido del primer ministro saliente, Antonis Samaras. El celo fiscal con el que el actual viceprimer ministro Evangelos Venizelos se identificó hizo del Pasok un partido en el que ni Yorgos Papandreu quiso seguir estando: el ex primer ministro se presentó a elecciones con lista propia y, claro, no alcanzó el 3 por ciento de los votos necesario para acceder a bancas parlamentarias.

El voto griego también contiene la historia de la testarudez cuasi religiosa de la troika conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, que convocó a los griegos a una travesía del desierto sin premio para ellos. Una política de salvataje in extremis del euro por la que se sometió a una sobredosis de recortes a las vulnerables mayorías griegas, para que las mayorías alemanas no tuvieran que enterarse de que el sueño hegemónico puede tener costos para la vida. Es la historia de una Europa donde no se puede decir en público que todos los ciudadanos de los países de la Zona Euro tienen que contribuir con su libra de carne para que Alemania pueda seguir siendo una potencia exportadora principalísima.


Las preferencias de los griegos encapsulan la historia de la larga marcha de los eurocomunistas griegos desde la disidencia dentro del Partido Comunista hasta la llegada al gobierno. Grecia no eligió una expresión política surgida de la nada para expresar su frustración ante la crisis desatada por años de abuso patrimonialista del Estado por las élites que lo dominaron desde el fin de la dictadura de los coroneles y por el remedio atroz suministrado por la troika. Eligió a Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical, la confluencia que impulsaron los viejos cuadros del “Partido Comunista del Interior”, después de romper con los estalinistas del “Partido Comunista del Exterior” y abrirse a los movimientos sociales de los ’80 y a la naciente ecología política. Los comunistas que combatieron la invasión nazi en la Segunda Guerra Mundial evolucionaron en direcciones divergentes ante el intervencionismo soviético en Europa. Muchos de ellos, forzados por la dictadura de los coroneles al exilio en Italia, abrazaron el modo de oponerse a Moscú y de concebir las alianzas políticas de sus correligionarios italianos y promovieron una visión comunista desde el interior de Grecia, distinta de la impuesta desde el exterior por los mandamases de la URSS.

Un jovencísimo Alexis Tsipras fue jefe de la Juventud Comunista representando a esos adultos del partido inspirados por el eurocomunismo de Enrico Berlinguer y los acompañó en la salida del partido (la sigla histórica, KKE, quedó en manos de los ortodoxos) y en la búsqueda de alianzas que su viejo partido no hubiera aceptado jamás.

Syriza, la forma que hace tiempo adoptó esa política de alianzas, es entonces un sujeto político con una larga historia y hondas raíces en la cultura política griega. Llega al gobierno con el desafío de encontrar aliados nuevos para alcanzar la mayoría en el Parlamento que se le escapó por milésimas. Llega rodeada de unas expectativas a las que Tsipras trató de darle un marco realista en la campaña. Y llega en un tiempo en que los pesimistas creían que era el de optar entre la resignación de las grandes coaliciones o la bestia negra de la ultraderecha. Un eurocomunista extemporáneo tiene delante de sí la oportunidad de demostrar que no es así.


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miércoles, 14 de enero de 2015

Arrivederci, Presidente Napolitano!

Hoy deja la colina del Quirinale después de ejercer la presidencia de la República Italiana durante nueve años y de ser el único jefe de estado de la historia republicana del país en ser reelecto, Giorgio Napolitano. Histórico jefe del ala "mejorista" del viejo Partido Comunista Italiano, modeló el gobierno como ninguno en su lugar lo había hecho antes, sobrepasando ampliamente los límites de su poder ceremonial. Lo que sigue lo escribíamos hace más de un año y vale como apunte para una semblanza. Arrivederci compagno Giorgio!





Poder a lo Napolitano
Por Gabriel Puricelli
24 de mayo de 2013

D
os meses pasaron desde las elecciones de febrero, antes de que los italianos tuvieran un gobierno. Cuando la fumata blanca se disipó, se encontraron con que el nuevo presidente del Consejo de Ministros era un joven político que no había sido candidato para el cargo y con que la alianza de gobierno incluía a Silvio Berlusconi, el mismo que los ganadores de las elecciones habían jurado desterrar de la política de una vez y para siempre. Las consecuencias de los comicios italianos, tan novedosos y variados, no disimulan, sin embargo, el gatopardismo esencial que los explica. El gran ganador, por el momento, de la multitud de cambios que se han producido para que todo siga igual es el prestidigitador por excelencia de la Segunda República.
Los hechos de la elección fueron éstos: la centroizquierda fue primera minoría, con menos votos de los esperados; la derecha fue segunda, con más votos de los esperados; los “indignados” obtuvieron uno de cada cuatro votos válidos. Bajo el particular sistema electoral impuesto por el berlusconismo, el que llega primero en la carrera nacional, se queda con la mayoría de las bancas de la  Cámara de Diputados, y el que llega primero en una región, se queda con la mayoría de los legisladores que le corresponden a la misma en el Senado. Las probabilidades de que nadie alcance una mayoría en esa Cámara son, entonces, estructuralmente altas. En ese campo minado, el Partido Democrático (PD) y sus aliados de Izquierda, Ecología y Libertad (SEL) alcanzaron la mayoría en Diputados y quedaron muy lejos de ésta en el Senado.
Las promesas que el PD y SEL habían hecho a sus electores eran claras: terminar definitivamente con la era Berlusconi y no aliarse para gobernar con la centroderecha posdemocristiana del presidente del gobierno “técnico” saliente, Mario Monti. Eso dejaba como único aliado posible al único partido que había prometido no aliarse con nadie, el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), es decir, los “indignados” seguidores del comediante Beppe Grillo. Si todos cumplían sus promesas electorales, era imposible formar gobierno. Llamar a elecciones no era posible tampoco, porque el presidente de la República no puede disolver el Parlamento cuando está en los últimos seis meses de su mandato: era necesario elegir uno nuevo antes de convocar otra vez a los ciudadanos a las urnas.
Convocada la asamblea que elige indirectamente al jefe de Estado, y habiendo fracasado (y con escándalo) allí también la centroizquierda en imponer a sus candidatos, el sindicalista Franco Marini y el ex jefe de gobierno Romano Prodi, surgió la posibilidad de coincidir en una propuesta común con el M5S: Grillo postuló al jurista Stefano Rodotá, un ex diputado de izquierda como presidente de la República. El SEL adhirió rápidamente a la propuesta, esperando que el PD hiciera lo propio. Y allí sucedió lo que puede ser visto a la vez como lo impensado y como lo más pensado: el PD acordó con Berlusconi y con Monti reelegir a Giorgio Napolitano y éste los conminó a aliarse entre sí para formar gobierno.
Lo impensado fue la ruptura indolente del contrato (y de la alianza) electoral por el PD, incluyendo la renuncia al liderazgo del partido del jefe de gobierno que no fue, Pier Luigi Bersani. Lo más pensado fue el segundo acto del presidencialismo sui generis hacia el que se ha deslizado Italia.
Napolitano encargó a Enrico Letta, número dos del PD detrás del renunciante Bersani, la formación del nuevo gobierno, con ministros pertenecientes a las tres fuerzas mencionadas y tecnócratas “independientes” heredados del gobierno saliente. El jefe de Estado, reemplazando a todos los efectos prácticos al Parlamento, ponía en marcha su segundo gobierno en un año y medio. En noviembre de 2011, intervino decisivamente para facilitar la salida de Berlusconi del gobierno, al nombrar al ex comisario europeo Monti como senador vitalicio y ponerlo, entonces, en condiciones legales de ser nombrado jefe de gobierno. Los días de Il Cavaliere estaban contados, pero el activismo de Napolitano evitó un llamado a elecciones antes del fin de la Legislatura y forzó a los berlusconianos y al PD a ponerse de acuerdo en apoyar un “gobierno técnico” dirigido por Monti. Éste se puso entonces a la cabeza de una administración fuertemente resistido por los sindicatos, pero no salpicado por la corrupción de su antecesor. A través de Monti, Napolitano impuso su preferencia por una línea de austeridad económica para sortear la crisis de la deuda italiana, pero, al mismo tiempo, e involuntariamente, puso al Pueblo de las Libertades de Berlusconi y al propio PD del que él proviene en el mismo escaparate para ser atacados sin tregua por el ascendente Grillo. Contados los votos en febrero último, quedó claro cuán legítimo era ese gobierno que conservadores y progresistas apoyaron sin chistar: Monti no alcanzó el diez por ciento de los votos.
Pero en tanto la elite política tradicional sintió que Napolitano podía sacarle las castañas del fuego (Berlusconi porque mantiene el poder necesario para que los jueces no terminen de encerrarlo en un calabozo, el PD porque no quiere empeorar su desempeño electoral), consintió nuevamente en que fuera el titular de un cargo que se supone relativamente ceremonial, y no el Parlamento, quien diera forma al gobierno de Letta, definiendo qué partidos debían integrarlo e incluso imponiendo algunos ministros que no fueron propuestos por ninguno de los tres integrantes de la novel coalición.
El gran campeón de un presidencialismo a la italiana, desde el fin de la Primera República tras los procesos de Mani Pulite, que terminaron con la era democristiana a fines de los ochenta, fue Berlusconi. Éste nunca logró alcanzar su sueño porque nunca convenció a una mayoría de italianos de que darle a él ese poder adicional era una buena idea. De manera inesperada, sin embargo, y sin mediar cambio constitucional alguno, Napolitano, se encaramó en la cúspide del poder deshaciendo y haciendo gobiernos. Si alguna ratificación simbólica de ese poder necesitaba, la logró al transformarse en el primer presidente de la República reelecto desde el fin de la monarquía.
El presidencialismo alla Napolitano se ha colado entre las grietas del elitismo cupular del PD y de la antipolítica de Grillo, y se ha beneficiado del permanente trabajo berlusconiano de socavar mediante leyes electorales envenenadas la posibilidad de un parlamentarismo que produzca mayorías estables.
Los pocos y repetidos ingredientes que Napolitano ha usado para crear su governissimo de amplia coalición prefiguran un menú igualmente limitado en las opciones de política para sacar a Italia de un estancamiento económico que está creando pobreza dentro del país y que representa una amenaza para la estabilidad monetaria de Europa. Mientras tanto, amontonar a todos los políticos tradicionales en el mismo gobierno probablemente favorezca la consolidación de las nuevas formas de representación verticales y antidemocráticas que pone en práctica Beppe Grillo como capo di tutti i capi de la antipolítica 2.0. 



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martes, 16 de diciembre de 2014

Escapando de la sombra de Atatürk








El hombre fuerte de Turquía
Jueves 25 de septiembre de 2014
Por Gabriel Puricelli

Las esquirlas que matan y mutilan en una ancha región del mundo son esquirlas del estallido del Imperio Otomano. No se puede hablar de Palestina, de Irak, de Siria sin hablar de un imperio que pasó a mejor vida hace casi un siglo y de la fallida partición de su vasto territorio por los aprendices de brujo europeos. Sin embargo, cuando se habla del que fue el centro político otomano, de Turquía, hay que hablar más de la república laica que lo sucedió que del viejo imperio, que le ha ahorrado a los turcos su herencia de inestabilidad.

El 10 de agosto, los turcos eligieron por primera vez a su presidente por el voto directo de los ciudadanos. Surge así un semipresidencialismo a la francesa. El voto fue un paso más en el perfeccionamiento de un sistema democrático que se ha desembarazado de la tutela militar, y en el que una mayoría de los turcos optan de nuevo por el islamismo moderado como opción favorita. Paradójicamente, lo que puede verse como un paso adelante desde el punto de vista sistémico, viene de la mano de la legitimación de un liderazgo, el del ex-Primer Ministro y ahora Presidente Recep Tayyip Erdoğan, que carga con una serie de acciones autoritarias, en particular durante el pasado año y medio.

La república turca se fundó no sólo sobre la abolición de la monarquía, sino sobre la abolición del califato, que sancionó la separación definitiva entre el estado y la religión. En sus casi dos décadas en la cumbre del poder, hasta su muerte en 1938 mientras ejercía la presidencia, Mustafa Kemal Atatürk se aseguró de que el fundamento del poder fuera absolutamente secular, proviniera de la voluntad ciudadana o del monopolio del uso de la fuerza puesto en manos de las fuerzas armadas en las que él mismo iniciara su carrera.

El flamante presidente turco se inscribe en una corriente política que lucha pacientemente hace décadas por derribar tabúes laicos como los que impidieron por muchos años el uso femenino del velo en cualquier institución del estado. Los reaseguros del laicismo, estratégicamente implantados en instituciones no electas como las ya mencionadas fuerzas armadas, el poder judicial y (en particular) la Corte Constitucional han resultado obstáculos formidables para Erdoğan, que los enfrentó con la fuerza electoral que le dio a su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) tres mayorías parlamentarias consecutivas. Antes de la creación del AKP en 2001, la Corte Constitucional disolvió los dos partidos islamistas de los que desciende: en 1998 prohibió el Partido del Bienestar (RP) y en 2001, el Partido de la Virtud (FP). El propio Erdoğan se vio impedido de asumir como Primer Ministro en 2002 porque desde 1998 pesaba sobre él una prohibición para ser electo para un cargo público, después de que leyó en un acto un verso de un poeta nacionalista panturco que fue interpretado por las cortes como una reivindicación del Islam contraria a la laicidad del estado. Ese recitado lo llevó incluso cuatro meses a prisión, en 1998, y lo eyectó de su cargo de alcalde de Estambul, que ejercía desde 1994 en representación del RP. En marzo de 2003, tras una reforma legal decidida por la Gran Asamblea Nacional (parlamento), el actual hombre fuerte de Turquía pudo ser electo para una banca, pasando de inmediato a ocupar el sillón de Primer Ministro que su correligionario Abdullah Gül había ocupado desde la victoria del AKP a fines del año anterior.

Ya en el poder, e incluso después de renovar en 2007 su mayoría parlamentaria con cinco millones de votos más que en la anterior elección, el AKP tuvo que enfrentar un juicio de la Corte Constitucional en 2008 que no llegó a ilegalizarlo porque no se alcanzó en el tribunal la mayoría calificada necesaria. Erdoğan eludió así el destino de Necmettin Erbakan, que fue eyectado del cargo de Primer Ministro en 1997 cuando los jueces (con las fuerzas armadas detrás) disolvieron el Partido del Bienestar.

La fortaleza de Erdoğan se basa tanto en su carisma, en el empuje que ha mostrado el crecimiento económico del país en sus largos años en el poder y en la frágil paz que se ha alcanzado con la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), sino en la capacidad que demostró de redefinir el mapa político turco. La fundación del AKP no consistió simplemente en la creación de una entidad politico-legal que permitiera a los islamistas seguir participando de las elecciones, sino que convocó a buena parte de los cuadros de los partidos conservadores que habían dominado la escena política turca desde los años ´50. Esa fusión dio lugar a la emergencia de lo que hoy es un partido claramente predominante, que duplica con facilidad en votos a sus opositores kemalistas del Partido Republicano del Pueblo (CHP) y cuadruplica a la derecha nacionalista panturca del Partido del Movimiento Nacional (MHP).

El CHP y el MHP intentaron vanamente desafiar ese predominio con la postulación de un candidato común a la presidencia, el ex-Secretario General de la Organización de la Conferencia Islámica Ekmeleddin İhsanoğlu. Con él, buscaron convocar tanto a la base socialdemócrata del CHP, como a los ultranacionalistas del MHP, cuyo brazo paramilitar, los Lobos Grises, contó entre sus filas Mehmet Ali Ağca, quien intentara asesinar al Papa Juan Pablo II en 1981. El candidato “atrapatodo” quedó, con 38% de los votos, a 14 puntos de alcanzar a Erdoğan. En el fallido intento, el CHP sufrió una fuga de votos que le permitió a un candidato de izquierda proveniente del Kurdistán, Selahattin Demirtaş, alcanzar casi el 10% de los votos, cerca del doble de lo que los partidos kurdos logran habitualmente en cualquier elección nacional.

Erdoğan sobrevive también a las masivas manifestaciones en su contra que empezaron en junio de 2013 en la parte europea de Estambul y se extendieron hasta marzo de este año, cuando fueron detenidos por cargos de corrupción algunos familiares de ministros del gobierno del AKP. Sin pestañear ante encuestas que indicaban una caída de su popularidad por la violenta represión de las protestas, la respuesta del entonces Primer Ministro incluyó 22 muertes entre los manifestantes. Las denuncias de corrupción, a su vez, fueron el síntoma de una ruptura política en el seno de la familia política islamista, ya que los jueces y policías que actuaron en función de ellas fueron vinculados por Erdoğan con el movimiento del predicador islámico Fethullah Gülen, que es considerado una especie de Opus Dei islámico y que es uno de los afluentes originales del AKP.

La llegada de Erdoğan a la presidencia seguramente significará la ratificación de la ruptura más significativa que impulsó como Primer Ministro en la política exterior turca: el abandono de la alianza con Israel. En un contexto turbulento como el que viven los vecinos Irak y Siria (donde el líder turco ha flirteado con jihadistas opuestos a Bashar Assad), los EE.UU. van a seguir encontrando en Turquía, el único país de la OTAN en el extremo oriental del Mediterráneo, a un socio indócil, cuyo autoritarismo doméstico puede traerle también futuros dolores de cabeza.


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sábado, 11 de octubre de 2014

El "califato" en Irak y Siria



El 10 de octubre de 2014, una conversación con Pablo Quintana en La Tijereta, en Radio Kalewche, sugiriendo algunas pistas para entender el fenómeno del Estadio Islámico en Irak y Siria.


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