Cuando el 16 de agosto Donald Trump anunció que Estados Unidos iba a acortar seis días los ensayos militares Ulchi Freedom Shield —el mayor ejercicio conjunto con Corea del Sur, que ese mismo lunes había arrancado con 18.000 soldados surcoreanos en el terreno—, la Casa Blanca ensayó una batería de justificaciones que, tomadas por separado, hasta podrían sonar razonables. Que los ejercicios son caros. Que Kim Jong-un «ha sido poco amenazante y ha mostrado respeto». Que las maniobras conjuntas envían una «señal totalmente inapropiada y hostil» hacia Pyongyang. Tomadas en conjunto, sin embargo, esas razones dibujan algo mucho menos razonable: una nueva decisión de política exterior de Trump que no se explica por consideraciones estratégicas sino por una topografía afectiva, un mapa de simpatías y rencores personales que termina, fatal y puntualmente, favoreciendo a alguien que manda con puño de hierro.
Conviene no perder de vista una escena reveladora. En las entrevistas que Maggie Haberman y Jonathan Swan, del New York Times, le hicieron a Trump para el libro Regime Change, que recoge encuentros que se extendieron durante buena parte de este año, el presidente les mostró con un orgullo que no se esforzó por ocultar una nota de dos páginas —escrita no por ningún historiador sino por un multimillonario sudafricano del mundo del golf— que lo ubicaba por encima de Mao, Stalin, Hitler, Gengis Kan y Atila en cuanto al poder del que dispone. Según relatan los periodistas, Trump no se ofendió por la compañía: la paladeó. Recitó los nombres de la lista con la satisfacción de quien se ve retratado bajo una buena luz.
La fascinación de Trump por el poder desnudo —ese que no necesita cortapisas legislativas, prensa libre ni oposición parlamentaria— es la constante que lo lleva, una y otra vez, a inclinarse por los hombres fuertes cuando tiene que elegir entre ellos y los aliados tradicionales de EE.UU. Lo vimos con Vladímir Putin en Ucrania, lo vemos con la incondicionalidad hacia Benjamin Netanyahu, y lo vemos ahora con Kim Jong-un, a quien Trump le hace un regalo que ningún funcionario de carrera del Pentágono recomendaría: relajar la postura disuasiva en la península coreana justo cuando Pyongyang más la está desafiando.
El gesto hacia Kim no sorprende sólo porque consiente la proliferación, sino porque pasa por alto nuevas formas de revisionismo del líder dinástico. Corea del Norte no sólo representa una amenaza para sus vecinos, sino que se ha vuelto una pieza indispensable del esfuerzo bélico ruso en Ucrania: cerca de 15.000 soldados norcoreanos pasaron por la región de Kursk, un centenar de especialistas en misiles se desplegó en Voronezh, y Pyongyang le suministró a Moscú unos cuatro millones de proyectiles de artillería y más de un centenar de misiles balísticos KN-23 y KN-24. A esta altura, Corea del Norte cubriría alrededor de la mitad de las necesidades de munición del agresor ruso.
A cambio, Kim recibe divisas, petróleo, tecnología militar y algo que ningún adiestramiento en tiempos de paz puede ofrecer: experiencia de combate real. El tratado de asociación estratégica que Putin y Kim firmaron en junio de 2024 no es un papel inútil: es un pacto que apuntala la capacidad rusa de seguir bombardeando ciudades ucranianas. Todo lo que alivie la presión sobre Pyongyang —y reducir ejercicios que Kim considera provocadores la alivia— termina, por una cadena de favores que a Trump quizás ni le importe trazar, fortaleciendo también a Moscú. El presidente que una vez prometió llevar la paz a Ucrania en las primeras 48 horas de su mandato le hace, sin proponérselo o sin que le importe, un favor indirecto, pero significativo, al hombre que prolonga la guerra en ese país europeo.
El propio Trump, agreguemos, no se preocupó en disimular el otro motivo de su decisión, más mezquino que su genuina simpatía por Kim: le reprocha a Seúl no haberse sumado al pedido estadounidense de participar en la guerra contra Irán. El recorte de los ejercicios con un aliado de siete décadas no responde solo a una lectura indolente de la disuasión, sino también a un ajuste de cuentas personal: la factura que le pasa a un socio que no quiso embarcarse en una guerra que Trump eligió solo. Es la diplomacia entendida como un libro de favores a cobrar y agravios pendientes, no como una arquitectura de intereses compartidos.
La noticia, por cierto, no es un rayo en cielo sereno: cae sobre un terreno ya abonado por la ansiedad. Los aliados tradicionales de Washington en el Lejano Oriente —Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, y también el gobierno en Taiwán— vienen haciendo saber desde hace meses que les preocupa la falta de atención de una Casa Blanca empantanada en el Golfo Pérsico. No es una percepción antojadiza. El Pentágono ya les había retirado interceptores THAAD para reforzar el frente iraní; el USS George Washington, el único portaaviones con base avanzada en Asia, fue reasignado a Medio Oriente para relevar al USS Abraham Lincoln, menguando la presencia estadounidense en el Pacífico occidental a mínimos históricos. Washington, además, ha consumido, en seis meses de guerra con Irán, cerca de un tercio de sus Tomahawk y hasta un 65% de los interceptores Patriot, pensados en buena medida como resguardo frente a una eventual contingencia con China. A eso se suma que Trump llegó a calificar a Taiwán de «indefendible» y a insinuar que la isla es, ante todo, una ficha de negociación con Beijing. No sorprende que las encuestas en la región revelen que la confianza en Washington se ha derrumbado, ni que Seúl —»furiosa» puertas adentro, según trascendió, aunque hacia afuera mantuviera la pose de «coordinación estrecha»— teja, junto a Tokio y Canberra, acuerdos de defensa bilaterales que prescinden cada vez más de la tutela estadounidense.
Y aquí conviene hacerse una pregunta que excede la psicología presidencial. ¿No estaremos asistiendo, además del capricho de un hombre obsesionado con figurar junto a los grandes tiranos de la historia y del enojo ante la prudente abstinencia surcoreana en Irán, a los temblores de la sobreextensión de una potencia que ha comprometido más recursos de los que es capaz de reproducir y del adelgazamiento de la fuerza militar estadounidense?
Los reportes sobre el USS Abraham Lincoln y el USS Tripoli, con tripulaciones que después de más de 250 días de despliegue en el mar Arábigo racionan comida, carecen de jabón y pasta dental y conviven con lavarropas rotos y moho en los baños, no son una curiosidad para la prensa: son una luz de alarma respecto de las capacidades materiales estadounidenses y de la dudosa competencia del liderazgo civil en Washington. Cuando la Armada más grande del planeta no logra garantizarles, como denuncian las familias de los soldados, jabón a sus propios marineros en el Golfo, es lícito sospechar de que la opción entre Corea del Sur y Medio Oriente no es simplemente una elección: es, también, la constatación de un límite material.

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