martes, 25 de agosto de 2026

Ejercicios de sumisión: Trump en el bolsillo de Kim y Vlad

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Por Gabriel Puricelli

Cuando el 16 de agosto Donald Trump anunció que Estados Unidos iba a acortar seis días los ensayos militares Ulchi Freedom Shield —el mayor ejercicio conjunto con Corea del Sur, que ese mismo lunes había arrancado con 18.000 soldados surcoreanos en el terreno—, la Casa Blanca ensayó una batería de justificaciones que, tomadas por separado, hasta podrían sonar razonables. Que los ejercicios son caros. Que Kim Jong-un «ha sido poco amenazante y ha mostrado respeto». Que las maniobras conjuntas envían una «señal totalmente inapropiada y hostil» hacia Pyongyang. Tomadas en conjunto, sin embargo, esas razones dibujan algo mucho menos razonable: una nueva decisión de política exterior de Trump que no se explica por consideraciones estratégicas sino por una topografía afectiva, un mapa de simpatías y rencores personales que termina, fatal y puntualmente, favoreciendo a alguien que manda con puño de hierro.

Conviene no perder de vista una escena reveladora. En las entrevistas que Maggie Haberman y Jonathan Swan, del New York Times, le hicieron a Trump para el libro Regime Change, que recoge encuentros que se extendieron durante buena parte de este año, el presidente les mostró con un orgullo que no se esforzó por ocultar una nota de dos páginas —escrita no por ningún historiador sino por un multimillonario sudafricano del mundo del golf— que lo ubicaba por encima de Mao, Stalin, Hitler, Gengis Kan y Atila en cuanto al poder del que dispone. Según relatan los periodistas, Trump no se ofendió por la compañía: la paladeó. Recitó los nombres de la lista con la satisfacción de quien se ve retratado bajo una buena luz.

La fascinación de Trump por el poder desnudo —ese que no necesita cortapisas legislativas, prensa libre ni oposición parlamentaria— es la constante que lo lleva, una y otra vez, a inclinarse por los hombres fuertes cuando tiene que elegir entre ellos y los aliados tradicionales de EE.UU. Lo vimos con Vladímir Putin en Ucrania, lo vemos con la incondicionalidad hacia Benjamin Netanyahu, y lo vemos ahora con Kim Jong-un, a quien Trump le hace un regalo que ningún funcionario de carrera del Pentágono recomendaría: relajar la postura disuasiva en la península coreana justo cuando Pyongyang más la está desafiando.

El gesto hacia Kim no sorprende sólo porque consiente la proliferación, sino porque pasa por alto nuevas formas de revisionismo del líder dinástico. Corea del Norte no sólo representa una amenaza para sus vecinos, sino que se ha vuelto una pieza indispensable del esfuerzo bélico ruso en Ucrania: cerca de 15.000 soldados norcoreanos pasaron por la región de Kursk, un centenar de especialistas en misiles se desplegó en Voronezh, y Pyongyang le suministró a Moscú unos cuatro millones de proyectiles de artillería y más de un centenar de misiles balísticos KN-23 y KN-24. A esta altura, Corea del Norte cubriría alrededor de la mitad de las necesidades de munición del agresor ruso.

A cambio, Kim recibe divisas, petróleo, tecnología militar y algo que ningún adiestramiento en tiempos de paz puede ofrecer: experiencia de combate real. El tratado de asociación estratégica que Putin y Kim firmaron en junio de 2024 no es un papel inútil: es un pacto que apuntala la capacidad rusa de seguir bombardeando ciudades ucranianas. Todo lo que alivie la presión sobre Pyongyang —y reducir ejercicios que Kim considera provocadores la alivia— termina, por una cadena de favores que a Trump quizás ni le importe trazar, fortaleciendo también a Moscú. El presidente que una vez prometió llevar la paz a Ucrania en las primeras 48 horas de su mandato le hace, sin proponérselo o sin que le importe, un favor indirecto, pero significativo, al hombre que prolonga la guerra en ese país europeo.

El propio Trump, agreguemos, no se preocupó en disimular el otro motivo de su decisión, más mezquino que su genuina simpatía por Kim: le reprocha a Seúl no haberse sumado al pedido estadounidense de participar en la guerra contra Irán. El recorte de los ejercicios con un aliado de siete décadas no responde solo a una lectura indolente de la disuasión, sino también a un ajuste de cuentas personal: la factura que le pasa a un socio que no quiso embarcarse en una guerra que Trump eligió solo. Es la diplomacia entendida como un libro de favores a cobrar y agravios pendientes, no como una arquitectura de intereses compartidos.

La noticia, por cierto, no es un rayo en cielo sereno: cae sobre un terreno ya abonado por la ansiedad. Los aliados tradicionales de Washington en el Lejano Oriente —Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia, y también el gobierno en Taiwán— vienen haciendo saber desde hace meses que les preocupa la falta de atención de una Casa Blanca empantanada en el Golfo Pérsico. No es una percepción antojadiza. El Pentágono ya les había retirado interceptores THAAD para reforzar el frente iraní; el USS George Washington, el único portaaviones con base avanzada en Asia, fue reasignado a Medio Oriente para relevar al USS Abraham Lincoln, menguando la presencia estadounidense en el Pacífico occidental a mínimos históricos. Washington, además, ha consumido, en seis meses de guerra con Irán, cerca de un tercio de sus Tomahawk y hasta un 65% de los interceptores Patriot, pensados en buena medida como resguardo frente a una eventual contingencia con China. A eso se suma que Trump llegó a calificar a Taiwán de «indefendible» y a insinuar que la isla es, ante todo, una ficha de negociación con Beijing. No sorprende que las encuestas en la región revelen que la confianza en Washington se ha derrumbado, ni que Seúl —»furiosa» puertas adentro, según trascendió, aunque hacia afuera mantuviera la pose de «coordinación estrecha»— teja, junto a Tokio y Canberra, acuerdos de defensa bilaterales que prescinden cada vez más de la tutela estadounidense.

Y aquí conviene hacerse una pregunta que excede la psicología presidencial. ¿No estaremos asistiendo, además del capricho de un hombre obsesionado con figurar junto a los grandes tiranos de la historia y del enojo ante la prudente abstinencia surcoreana en Irán, a los temblores de la sobreextensión de una potencia que ha comprometido más recursos de los que es capaz de reproducir y del adelgazamiento de la fuerza militar estadounidense?

Los reportes sobre el USS Abraham Lincoln y el USS Tripoli, con tripulaciones que después de más de 250 días de despliegue en el mar Arábigo racionan comida, carecen de jabón y pasta dental y conviven con lavarropas rotos y moho en los baños, no son una curiosidad para la prensa: son una luz de alarma respecto de las capacidades materiales estadounidenses y de la dudosa competencia del liderazgo civil en Washington. Cuando la Armada más grande del planeta no logra garantizarles, como denuncian las familias de los soldados, jabón a sus propios marineros en el Golfo, es lícito sospechar de que la opción entre Corea del Sur y Medio Oriente no es simplemente una elección: es, también, la constatación de un límite material.

lunes, 17 de agosto de 2026

Marine Le Pen en busca de la presidencia y de una absolución

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Por Gabriel Puricelli

El 7 de julio, Marine Le Pen vio confirmada su condena por malversación de fondos públicos por el Tribunal de Apelación de París. En el mismo instante, anunció su candidatura a la presidencia para las elecciones de abril de 2027. Su declaración, relativamente inesperada, abre en los hechos una larga campaña electoral que desembocará en sendas votaciones en abril y mayo venideros.

El caso de los asistentes parlamentarios del Frente Nacional (hoy Agrupación Nacional, RN) en el Parlamento Europeo no es un asunto trivial. La justicia probó que Le Pen y su partido diseñaron desviaron sistemáticamente fondos europeos para pagar a empleados que, en realidad, trabajaban en exclusiva para la estructura nacional de la organización en Francia.

En la sentencia de apelación, el tribunal condenó a Le Pen a tres años de prisión (dos de ellos en suspenso y uno de cumplimiento firme mediante vigilancia con tobillera electrónica), a una multa y a una pena de inhabilitación de 15 meses. La cuestión clave es que la corte de apelación consideró que ese tiempo, contado desde la sentencia en primera instancia, ya ha transcurrido en su totalidad y, por lo tanto, la deja en condiciones de ser candidata. Así y todo, tener que hacer campaña vistiendo tobillera electrónica no es una imagen auspiciosa, así que Le Pen presentó  un recurso de casación para suspender la ejecución de esa pena firme.

Un tribunal supuestamente a medida

En cualquier caso, con su anuncio de que "esta noche soy candidata a la elección presidencial", Le Pen desplazó inmediatamente el conflicto desde los estrados judiciales al tribunal de la opinión pública. La premisa es típicamente demagógica: el sufragio universal es un sacramento de purificación moral y legal. Le Pen pretende instituir al electorado como un tribunal de alzada que puede enmendar decisiones judiciales y hacer del veredicto de las urnas una instancia judicial superior habilitada para absolver los delitos probados en sede penal. No se trata de revertir jurídicamente un dictamen de culpabilidad, sino de subordinar la legalidad al resultado aleatorio de una votación. Un desafío al Estado de derecho en toda la regla.

La hazaña que se propone concretar tiene un antecedente exitoso en los Estados Unidos, donde a Trump su elección en  2024 le sirvió como un escudo contra múltiples imputaciones, suspendiendo los varios procesos judiciales en los que figuraba como acusado. Le Pen pretende importar desde la otra orilla del Atlántico la política de no procesar a un presidente en ejercicio y de privar a la judicatura de su condición de poder independiente, estigmatizándola como brazo del "Estado profundo" o del establishment que pretende proscribir a los “verdaderos” representantes del pueblo. Si ganara la elección, Le Pen obtendría la presidencia con el bonus de una amnistía de facto.

RN o FN, la diferencia es solamente una letra

Durante el calvario judicial de Le Pen, la figura de Jordan Bardella (el veinteañero presidente del RN) emergió como el plan B inevitable de la extrema derecha. Desde hace por lo menos un año las encuestas lo vienen midiendo como candidato presidencial y lo ubican cómodamente primero en la intención de voto para la primera vuelta. Su campaña, hasta ahora, estaba basada en una definición eufemística: "si mañana a Marine se le impidiera presentarse, yo sería su candidato". El repentino anuncio de Le Pen abortó la sucesión y dio por tierra con la bicefalia. Si hay algo que el RN fue, desde el tiempo en que se denominaba FN, otra vez quedó claro que lo sigue siendo: una estructura dinástica e hiperpersonalista. Que quede supeditado a la fortuna judicial de una sola persona es una consideración de segundo orden.

Desde que Marine Le Pen heredó de su padre Jean-Marie la presidencia del entonces Frente Nacional, en 2011, el partido se embarcó en una calculada estrategia de dédiabolisation (desdemonización) para horadar su techo electoral. El intento sólo parcialmente exitoso de jubilar la retórica antisemita y xenófoba estridente y de darse una pátina de respetabilidad republicana y la adopción de un discurso soberanista fue validado por los medios de comunicación tradicionales y acompañado por la expansión del imperio mediático de Vincent Bolloré, dueño del grupo Canal+.

Mientras los medios audiovisuales y escritos de este magnate militaban la normalización de la extrema derecha y promovían la alianza del RN con la derecha tradicional de Les Républicains (LR), el lepenismo se mantenía en sus trece. Como lo ha documentado extensamente el multimedio digital independiente Mediapart, las finanzas, las empresas proveedoras de las campañas y la estrategia de comunicación del RN siguen en manos de antiguos miembros del Groupe Union Défense (GUD), un grupúsculo estudiantil de extrema derecha conocido por su violencia callejera y su racismo. No sorprende, aunque sea paradójico, que el sensible papel de asegurar la relación del RN con la prensa, es decir, la primera línea en la batalla de la dédiabolisation estuvo en manos Caroline Parmentier (diputada y asesora íntima de Le Pen), autora de escritos profundamente racistas, homófobos y antisemitas en publicaciones ultra-católicas durante los años noventa. La normalización se ha centrado en intentar cambiar cómo el partido es percibido, dejando intacta su matriz ideológica y su corazón organizativo.

La izquierda rota y la pretensión de hegemonía de Mélenchon

Mientras la extrema derecha estrecha filas en torno a Marine, la izquierda francesa afronta el camino hacia 2027 sin encontrar el hilo común que le diera su último triunfo, el del Nuevo Frente Popular en las elecciones legislativas de 2024. Uno de los obstáculos para vertebrar una alternativa unificada es Jean-Luc Mélenchon, quien sin embargo es la figura más favorecida por la intención de voto del peuple de gauche. A las puertas de competir por cuarta vez por el Elíseo, Mélenchon y su partido, La France Insoumise (LFI), insisten en que les corresponde hegemonizar cualquier coalición basándose en su peso electoral previo y su capacidad de movilización.

Las primarias abiertas para resolver la candidatura presidencial fueron una idea que tuvo cierta tracción hasta hace pocas semanas, pero esa alternativa se ha esfumado después del rechazo a esa mecánica por el Partido Comunista y el anuncio del Partido Socialista de que eligiría su candidato en una elección cerrada a sus afiliados. Los Ecologistas, últimos defensores de la idea, quedan sin socios para llevarla adelante y todo apunta a un escenario de Mélenchon y los cuatro enanos (si sumamos a Place Publique, la izquierda de perfil socioliberal de Raphaël Glucksmann).

Las diferencias en el seno de las izquierdas no son meramente de poder, sino ideológicas. En un extremo cercano al centro, Raphaël Glucksmann ha lanzado su propia plataforma política marcando distancias insalvables con LFI, defendiendo un proyecto nítidamente pro-europeo y con reminiscencias de la Tercera Vía de Tony Blair, Gerhard Schröder y otros (entonces) progresistas de principios de siglo. Pegado a la raya izquierda, Mélenchon (ambiguo frente a los regímenes autoritarios fuera del continente y euroescéptico), resulta difícil de digerir para muchos votantes socialistas y ecologistas y es mirado con reticencia por los comunistas.

Sin un candidato de consenso que logre sintetizar estas dos almas de la izquierda, el electorado progresista llegará fracturado a la primera vuelta de abril de 2027, poniendo en riesgo su presencia en el balotaje final y predisponiendo mal a sus electores para votar al candidato contrario a Le Pen, de quien no hay motivos para sospechar que no vaya a ser la candidata a batir en esa votación definitiva.

Una Macronie deshilachada

Entretanto, un curioso ausente en las apuestas respecto de quiénes se enfrentarán en la segunda vuelta es el espacio centrista. La macronie atraviesa una crisis existencial profunda. El movimiento que Emmanuel Macron fundó en 2016 como un vehículo electoral personalista hoy enfrenta la prueba de fuego de sobrevivir a la prohibición constitucional de un tercer mandato sucesivo de su creador. Sin el pegamento del liderazgo de Macron, la balcanizacion queda a la vista de todos.

Una sorda guerra civil enfrenta en su seno a dos candidatos acaso competitivos, sendos ex-primeros ministros. En el rincón derecho, Édouard Philippe, actual alcalde de Le Havre ya hace campaña con una estrategia de distanciamiento calculado. Su partido, Horizons, busca presentarse como la opción de centroderecha ordenada y previsible. Su posicionamiento es atractivo para la derecha tradicional, con figuras de peso de Les Républicains como Laurent Wauquiez, sugiriendo que con solo emanciparse de su pasado macronista podría liderar una gran coalición conservadora y de centro.

En el rincón izquierdo, Gabriel Attal, líder de los diputados oficialistas en la Asamblea Nacional, y su partido Renaissance representan la continuidad pura y sin complejos. Preferido por el núcleo duro del electorado macronista, su juventud y su retórica parlamentaria lo muestran como un "mini-Macron", efecto conscientemente buscado. Su debilidad obvia es que no suelta el lastre del desgaste de la gestión y la desilusión con la promesa post o trans ideológica del Macron de 2016. Attal está por otra parte asociado a la autoría de las políticas más impopulares del gobierno saliente, como la reforma de las jubilaciones.

Por izquierda o por derecha, quienes se disputan la sucesión dentro de la macronie se enfrentan al colapso del «en même temps», la fórmula con la que Macron sugería aplicar al mismo tiempo lo mejor de las propuestas programáticas de los campos ideológicos enfrentados desde los tiempos de Revolución Francesa. Ante la polarización extrema, en Francia como en todas las democracias del mundo, el centro se está vaciando y sus votantes se encaminan a quedar atrapados por las mismas órbitas ideológicas a las que habían tributado antes. La coalición macronista de clases medias altas urbanas, jubilados y profesionales liberales se está desmoronando.

La sombra del régimen de Vichy

Paradojas de la “normalización”, en 2027, Francia enfrenta una elección que es cualquier cosa, menos “normal”. Una victoria, que no puede ser descartada, de Marine Le Pen sería un vuelco institucional de consecuencias incalculables. El RN es el heredero directo del Frente Nacional, un partido fundado en 1972 por nostálgicos del colaboracionismo, ex-miembros de la división SS Charlemagne y defensores acérrimos del régimen del mariscal Philippe Pétain en Vichy.

Aunque haya pulido su retórica, un gobierno lepenista implicaría la puesta en marcha de reformas de corte iliberal, como la preferencia nacional (una ruptura directa con los principios de igualdad consagrados en la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789), es decir la discriminación de quienes aspiran, sin tenerla aún, a la nacionalidad francesa en el acceso al empleo, la vivienda social y las prestaciones de salud. El giro en política exterior esperable acercaría al país a Vladimir Putin y su pretendida área de influencia.

Este escenario no debe leerse, de ninguna manera, como un hecho inevitable. La sociedad francesa ha demostrado históricamente capacidad de resistencia. El frente republicano —esa alianza táctica y espontánea de votantes de diversas ideologías que se unen en segunda vuelta para bloquear a la extrema derecha— ha funcionado con éxito en previas citas electorales, la más reciente de ellas las legislativas anticipadas de 2024.

La propia supervivencia de este dique de contención democrático dependerá de si de las fuerzas republicanas, hoy fragmentadas, alcanzan a ofrecer un horizonte de esperanza socioeconómica y de estabilidad institucional frente al repliegue identitario y el plebiscito judicial que propone Marine Le Pen. La moneda sigue en el aire, pero el juego nunca ha sido tan peligroso.