lunes, 16 de abril de 2007

El "Sí" afianza a Rafael Correa en Ecuador

El mundo|Lunes, 16 de Abril de 2007
OPINION

Para empezar a gobernar

Por Gabriel Puricelli *



La esperada aprobación de la convocatoria a una Asamblea Constituyente en la consulta popular al pueblo ecuatoriano constituye no sólo la puesta en práctica de una promesa de campaña del presidente Rafael Correa, sino una estación necesaria hacia la legitimación plena de su Alianza PAIS (Patria Altiva i Soberana) como partido de gobierno. La coalición política en el poder (con la solitaria excepción del Partido Socialista, que cuenta con un único legislador) no presentó candidatos al Congreso en las elecciones generales en las que obtuvo la presidencia, como un modo radical de señalar las limitaciones del régimen político imperante para implementar la plataforma posneoliberal con la que Correa fue elegido en octubre de 2006. Se arriesgó así al bloqueo institucional que la derecha parlamentaria de hecho intentó, con el paradójico efecto de subrayar la inadecuación que Correa denunciara.

Si las cifras de las encuestas a boca de urna se confirman al final del escrutinio, Correa habrá no sólo acrecentado el apoyo electoral obtenido por él mismo, sino que habrá superado la suma de los votos de lo que hoy es su base aliada, que abarca a los partidos progresistas que apoyaron la candidatura presidencial de León Roldós, a los indigenistas de Pachakutik y a la izquierda tradicional. El impulso de esta campaña le ha permitido a Correa no sólo empequeñecer a su predecesor democristiano Osvaldo Hurtado, que encabezó a las derrotadas fuerzas del “No”, sino provocar fracturas en la derecha, uno de cuyos más significativos referentes, el alcalde de Guayaquil Jaime Nebot, se pronunció por el “Sí”.

Mientras sus opositores (reclutados muchos que han detentado el gobierno y quienes representan a los poderes fuertes del país) oscilan entre acusar a Correa de querer gobernar a golpes de plebiscito y de querer implantar una lisa y llana dictadura, las definiciones del propio presidente ecuatoriano respecto de los objetivos que persigue con la reforma constitucional no parecen ser tan radicales. Durante la campaña presidencial éste indicó que aspiraba a una norma basada en la participación de la ciudadanía, que contemple mecanismos revocatorios de los mandatos electivos y que dote de mayor transparencia a la administración pública. Para terminar con lo que Correa llama el “Estado corporativo”, se propone introducir una medida de meritocracia en instancias estatales clave como el Tribunal Constitucional, Petroecuador, el Tribunal Supremo Electoral y otros organismos.

En realidad, la primera preocupación de Correa desde que lanzó su candidatura presidencial parece haber sido evitar el destino de mandato incompleto que le estuvo reservado a la mayoría de sus predecesores en la última década, la de mayor inestabilidad institucional desde la recuperación de la democracia, en 1979. Para ello, era indispensable eludir la trampa que implica la elección del Congreso simultánea con la primera vuelta de las presidenciales: habitualmente cada partido obtiene en ella un porcentaje de legisladores parecido al del correspondiente candidato presidencial, dejándolo sin mayoría y a merced de un Legislativo a la vez fragmentado y díscolo, con el cual los presidentes, surgidos de la voluntad de una mayoría ciudadana en la segunda vuelta, deben negociar interminablemente.

En este esquema, será sólo al culminar el proceso constituyente que los ciudadanos ecuatorianos decidieron poner en marcha ayer, que Correa podrá encarar su obra de gobierno con todos los resortes necesarios a su disposición. Mientras tanto, deberá seguir caminando sobre una cuerda floja debajo de la cual acechan tanto intereses corporativos insaciables, como una opinión pública volátil y un pueblo al que la nunca cumplida promesa del desarrollo ha empujado (amén de provocar un exilio económico de millones) a un estado de ánimo propenso a devorarse rápidamente a los presidentes que elige. Cuenta a su favor no sólo con el resultado de ayer, sino con la inteligencia que le ha permitido desmentir a los oráculos que lo imaginaban títere de un caricaturizado Hugo Chávez y lo ha erigido en un valorado par de los otros presidentes sudamericanos que (con contradicciones y restricciones parecidas a las que afronta Correa) intentan un camino que se aleja del derrotero del Consenso de Washington.

* Coordinador, Programa de Política Internacional Laboratorio de Políticas Públicas.

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il cannocchiale

jueves, 1 de marzo de 2007

Romano Prodi resucita

El mundo|Jueves, 01 de Marzo de 2007
OPINION

Chanchada y chantaje

Por Gabriel Puricelli *

La confianza que el Senado italiano le renovó a Romano Prodi para que siga siendo presidente del Consejo de Ministros no avienta el fantasma de futuras crisis de gobierno: cualquier Senado surgido de la ley electoral pergeñada por Silvio Berlusconi en las postrimerías de su reinado (definida con impudicia como una “chanchada” por uno de sus ministros) carecerá de mayorías que puedan durar sin sobresaltos los cinco años que la Constitución prevé para cada Legislatura. La derecha privó a sus sucesores de un Senado donde siguiera existiendo el “premio de mayoría” que le permitió a Berlusconi transformarse en el más longevo jefe de gobierno en una historia republicana de gabinetes efímeros. El premio, en esa caprichosa legislación, es para los díscolos o los tránsfugas y debilita la estricta disciplina de partido sin la cual los sistemas parlamentarios no funcionan. Así, dos disidentes de la mayoría pueden provocar una crisis de gobierno con sólo ausentarse a la hora de votar y a uno de los referentes de la derecha le basta amagar con cambiar de bando para que todos los diarios le dediquen sus tapas.

A río revuelto, los pescadores más impensados creen que pueden salir gananciosos. Entre ellos, el puñado de senadores electos por los italianos emigrados (o sus descendientes). El voto de aquellos a quienes Italia reconoce su ciudadanía (a pesar de haber, en muchos casos, nacido fuera del país) fue inaugurado con la elección de 2006 y constituye una innovación única en el mundo, al asignar bancas a residentes en el extranjero. Lo que constituye un reconocimiento de derechos de parte de un país que obligó a millones a la emigración, corre el riesgo de dejar de ser una innovación virtuosa, para transformarse en un elemento vicioso, cuando se combina con las normas que resultan en un Senado empatado. Los incentivos al chantaje y a la obtención de ventajas particularistas echan leña al fuego de la inestabilidad, poniendo en tela de juicio la validez reivindicatoria de aquel reconocimiento.

La tormenta que atraviesa el gobierno de La Unión ha de ser vista con desasosiego desde Argentina, pues sucede mientras las diplomacias de Roma y de Buenos Aires se esfuerzan por reconstruir un vínculo abandonado al deterioro más agudo por Berlusconi. No en vano, fue el anterior gobierno de Prodi el que se constituyó en parte civil del juicio contra represores argentinos en Italia y fue el actual el que encargó las relaciones exteriores a un viejo amigo de la Argentina como Massimo D’Alema.

* Coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.

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lunes, 11 de diciembre de 2006

La muerte del asesino Pinochet

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El mundo|Lunes, 11 de Diciembre de 2006
OPINION

Nada fue igual después de él

Por GABRIEL PURICELLI *

Augusto Pinochet hubiera sido uno más entre los muchos dictadores sanguinarios que subvirtieron la democracia en los países de América del Sur en entre los ’60 y los ’80 si no hubiera sido el único que tuvo éxito en la refundación social de su país. Mientras sus pares se concentraban en librar la última batalla de la Guerra Fría, asegurando las fronteras ideológicas del área de influencia estadounidense mediante la eliminación de los liderazgos de los movimientos populares, vistos como avanzadas de la penetración soviética, el tirano de Santiago iba más allá y ponía en práctica (del modo más acelerado y radical que se hubiera conocido) las tesis de Milton Friedman. Pinochet no sólo desmontó a sangre y fuego la experiencia de la vía democrática al socialismo que Chile había comenzado a emprender bajo el liderazgo de Salvador Allende, sino que liquidó las bases del Chile republicano que había permitido el acceso al gobierno por medios democráticos de la Unidad Popular. Fue el único de los gorilas sudamericanos en imponerle al país una nueva Constitución (propósito en el que los uruguayos, que también lo intentaron, fracasaron) y todo un andamiaje legal que ha dejado, hasta el día de hoy, amarrada a la transición democrática que le sobrevino en 1989. Fue también el único que logró asegurarse un lugar en el Estado, una vez que se vio forzado por el movimiento democrático a dejar la jefatura de éste: permaneció al frente del ejército hasta hace sólo nueve años.

Que haya una minoría que lo llore públicamente es la postrera indicación del culto a la personalidad (también en esto fue único) que instituyó. Que esta minoría sea hoy tan minoritaria no es consecuencia simplemente del abandono oportunista de esos dirigentes de la derecha que lo frecuentaban hasta hace muy poco, sino el paradójico resultado del arraigo profundo que lograron en Chile los valores que su régimen logró instilar. Promotor de una moral en la que la mercancía es el bien supremo, Augusto Pinochet debería ser el último en sorprenderse de que muchos de quienes lo admiraban, asesino y todo, no vayan a sumarse a su cortejo fúnebre, heridos al enterarse de que él y su familia fueron corruptos y ladrones.

* Coordinador, Programa de Política Internacional Laboratorio de Políticas Públicas.

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jueves, 7 de diciembre de 2006

La re-reelección de Hugo Chávez





El mundo
Lunes, 04 de Diciembre de 2006

Se fueron todos
Gabriel Puricelli *

El “que se vayan todos” venezolano ha alcanzado sus últimas consecuencias. Una vez más, todo lo que no puede “matar” al chavismo, lo fortalece: en la serena aceptación de ese hecho por sus circunstanciales beneficiarios y perjudicados se cifra el futuro de una democracia que ayer mostró una peculiar y tozuda buena salud. Entre muchos posibles, un elemento que debe ser destacado en estas elecciones es la legitimación que brinda no sólo la limpieza general del proceso (según la visión preliminar de la OEA) sino sobre todo la participación en él de un sector muy mayoritario de la oposición. El desempeño de éste debería obligar a sus líderes a desechar definitivamente la tentación de actuar por fuera del juego político que marca la Constitución venezolana.


La elección puso frente a Chávez no sólo a Manuel Rosales, quien –por cierto– apoyó el fallido golpe del 2002, sino a un candidato a la vicepresidencia como Julio Borges, quien se empeñó en dejar bien sentado que él no había apoyado esa intentona. Los medios no han mostrado en la noche del recuento la cara opositora del golpista Pedro Carmona sino la de Teodoro Petkoff, alguien que empezó a abrir brechas en el dique bipartidista 30 años antes de su derrumbe estrepitoso en los albores del chavismo. Un cambio de largo aliento subyace la continuidad que toda reelección supone: la ausencia definitiva de los símbolos de la Venezuela del Pacto de Punto Fijo y la alternancia sin alternativas. El proceso en dos tiempos que se abrió en 1994 con la victoria de Rafael Caldera, la primera vez que ni Acción Democrática ni Copei ganaban unas elecciones, y se radicalizó con la llegada de Chávez en 1999, ha alcanzado el punto en el que no quedan más que unos rastros tenues de esos partidos , cuya derrota definitiva es el fracaso de la postura abstencionista de AD y la total dilución de Copei en la coalición opositora. Si los derrotados de ayer persisten en su encuadramiento democrático, la de ayer tal vez haya sido la elección que dé lugar a un nuevo sistema de partidos en Venezuela.

* Coordinador del Programa de Política Internacional - Laboratorio de Políticas Públicas.

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miércoles, 8 de noviembre de 2006

La vuelta del FSLN

El mundo|Miércoles, 08 de Noviembre de 2006
OPINION

La vigencia del sandinismo

Por Gabriel Puricelli*

La vuelta del FSLN al gobierno en Nicaragua representa un tributo a la persistencia de un candidato que no cejó en sus ambiciones de poder ni aun después de tres derrotas consecutivas. También la realización del destino fatal que le esperaba a una derecha dividida, en un momento en el que el gran elector estadounidense en el que algunos cifraban sus esperanzas no logra imponer su voluntad ni siquiera en el Irak ocupado. Este retorno contraría sin dudas al sector de la administración Bush, que pretende dibujar un antojadizo “eje del mal” en una América latina donde ya no imperan las fronteras ideológicas de la Guerra Fría y donde tampoco las líneas de falla se corresponden con las de la guerra contra el terrorismo, tal como se ve desde el estado mayor de Washington. Por el contrario, sobre el fondo de una tendencia continental que está lejos de constituir una “ola” homogénea, los sistemas políticos de cada país latinoamericano se reconfiguran de acuerdo con patrones eminentemente endógenos, lo cual, en el caso nicaragüense, es un hecho particularmente marcado.

Los medios de comunicación internacionales han optado por una “explicación” de la victoria de Daniel Ortega que exagera la influencia de Hugo Chávez en el proceso electoral, a la vez que ignora la contundencia del “hecho sandinista” en la política nicaragüense. Si se tiene en cuenta este dato, no debería sorprender que Ortega sea electo por segunda vez presidente en 2006 con el mismo porcentaje de votos con el que debió ceder la jefatura de Estado en 1990 ante Violeta Chamorro. Porcentaje que repitió con mínima variación en 1996 y que sólo superó en 2001 (la oportunidad en que más cerca estuvo del retorno), en coalición con el Movimiento Renovador Sandinista (MRS): en esa ocasión alcanzó el 46 por ciento, lo que equivale exactamente a la suma FSLN-MRS en las elecciones del último domingo. La derecha, por su parte, salvo en la irrepetible elección de 1990 –con un FSLN doblegado por el costo humano y económico de la agresión externa–, en cada elección ha alcanzado el mismo 53 por ciento que ahora sumaron las candidaturas paralelas de Eduardo Montealegre y de José Rizo.

En definitiva, se puede prescindir casi por completo de la injerencia abierta del embajador de los EE.UU. en Managua y del petropoder de Caracas para entender por qué los nicaragüenses le han dado una nueva chance a uno de los comandantes que encabezó la victoria popular sobre el somocismo. Una vez pasada la euforia lógica por este nuevo triunfo, tal vez el propio FSLN deba interrogarse acerca de si éste valió el precio de llevar a un veterano de la “contra” como candidato a vicepresidente y la adopción de la agenda antiabortista. Las reformas sociales y el desarrollo integral del segundo país más pobre del hemisferio son tareas que la Revolución de 1979 puso en el orden del día y que Ortega deberá retomar si quiere validar históricamente su hoy victoriosa tozudez.

* Coordinador del Programa Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

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jueves, 19 de octubre de 2006

Necrofiesta en San Vicente

Gabriel Puricelli
19 October 2006, 13:03

Una vez tragedia, otra, farsa. Sí. Pero por un pelito, nomás. Sólo porque el gordo del Sindicato de Camioneros tuvo mala puntería o porque los de la UOCRA corrieron suficientemente rápido, logramos ahorrarnos a Santo Biasatti haciendo trompita y hablando de La Tragedia de San Vicente. Con tan sólo unas cuatro docenas de heridos por piedrazos, podemos pasar de las necrológicas y concentrarnos, primero, en la colección de despropósitos que nos regalaron los medios de “comunicación” (que se hicieron su agosto, en pleno octubre) y luego, en el gobierno, que acaba de pasar uno de los “dos octubres” que faltan para la reelección pingüina chamuscado por la (¿su?) necrofilia.

Ante todo, ese decano de los movileros que es (tras el retiro de José De Zer) Julio Bazán, que no se cansó de hacer ostentación de su vena irreprimiblemente gorila, insistiendo durante interminables minutos en que las patotas sindicales estaban opacando “una fiesta”. Que se sepa, sólo en México es festivo el Día de los Muertos. Este 17 de octubre, ¿cuál habrá sido el motivo de la “fiesta”? Sólo unos minutos después, el inefabílisimo Antonio Cafiero, peronista de profesión que parece de vocación, verbalizaba el neologismo de la agitada jornada: preguntado que fuera acerca de los incidentes, respondió airado:

— ¡No me gorilée!

¿Perdón? El periodista, anónimo para mí en este caso, le hizo tan sólo la misma poco original pregunta que se le hace habitualmente a los testigos de accidentes en la calle y no merecía semejante respuesta destemplada. Vaya a decírselo a Bazán, don Antonio…

Pero Bazán, a esta altura, había pasado a otro tema y no dejaba de anticipar, indignado, “cómo nos verán de afuera”, después de la balacera camionera y los piedrazos de la UOCRA. Editorializaba desde el móvil, en vivo, Bazán, con impostación idéntica a la que en estudios utilizaban Santo y María Laura Santillán. La brutalidad de los peronistas y, más aún, la de los “sindicalistas” peronistas es el óleo que exorciza a esa clase media cuya manera de ser (también) peronista consiste en aborrecer la política. “Los violentos” habilitan el refugio de la buena conciencia para los militantes clasemedieros de la antipolítica, que en días como estos alcanzan su paroxismo verbal.

Claro, la violencia permite escamotear el hecho no por no violento, menos absurdo, del regodeo necrofílico con un cadáver que ocupó la imaginación de todos en estos días. ¡Por Tutatis!, si uno de los entrevistados más frecuentes en las radios ha sido Ricardo Péculo, tanatólogo y ex-concejal peronista de San Isidro, ¿primo, hermano? de Alfredo, el ex-Convencional Nacional Constituyente y rotario de Cochería Paraná... Y el gobierno le tendrá que agradecer a Emilio “Madonna” Quiroz, diz que chofer de Moyano Jr., por haberle ahorrado el papelón de oficiar en el altar dispuesto por la CGT. Algunos dirán que el gobierno K no necesita salir en la foto con los horribles para ser un gobierno del que hay que huir despavoridos, pero todos coincidiremos en que este gobierno nunca podrá ser del todo aceptable mientras se apoye en regiones del gigante invertebrado como las que este 17 estuvieron en convulsión. Fue sólo la guerra de hinchadas de clubes sindicales opuestos la que hizo desistir a Kirchner y su gabinete (y al mismísimo Raúl Alfonsín, dicho sea de paso) de hacerse presentes en el palco armado por el Momo Venegas, de las seis-dos, y el matrimonio del ex-intendente de San Vicente José Arcuri y de su mujer y sucesora Brígida Malacrida, del duhaldismo unreconstructed.

Digamos con más precisión que haber zafado fortuitamente de la escena de ayer no redime a Kirchner de su cotidiana familiaridad con los cadáveres. Se trate de ese sindicalismo que lleva años muerto y que deambula como hinchada zombie por todos los actos en los que “hay que meter gente”, se trate de cadavéricos como Manolo Quindimil, se trate de los cadáveres nunca entregados o lanzados a la mar de los desaparecidos/compañeros peronistas, la dramática y la retórica presidenciales está siempre rodeada de omnipresentes cadáveres, como en el poema afiebrado de Néstor Perlongher.

Una de las consignas más perdurables y desagradables del cancionero militante juvenil-estudiantil peronista post ‘83 dice (con música de “Bobby mi buen amigo”, esa publicidad de los milicos que se preocupaba por las mascotas abandonadas en la costa en el verano) “Trosco, muy mal parido/vení contáme de tus desaparecidos/vos no sufriste/la represión”. Ahí está encerrada toda la cosmovisión autolegitimante de los diversos peronismos. Partiendo de la falacia de que no hubo desaparecidos que no fueran peronistas (empezando por Felipe Vallese), siguiendo por la de que las únicas víctimas de toda represión desde 1945 (empezando con Darwin Passaponti, como se encargó de recordar Cafierito ayer) fueron los peronistas, se dibuja una fábula con dos moralejas. La primera dice que no hay peronismos, sino peronismo, unificado en el duelo común por los caídos comunes. La segunda, que el monopolio de la legitimidad política lo tienen los peronistas, por lo que sólo se puede hacer política siendo peronista, lo cual, visto de cerca, en nada difiere de aquel “yo no hice nunca política, siempre fui peronista” de la proverbial pluma gorila de Osvaldo Soriano.

Este ser todo para todos y nada para nadie del peronismo se resume en una frase leguleya que me espetó hace muchos años otro hombre del Movimiento, Pancho Talento:

—El peronismo es un bien mostrenco.

Que no es de nadie, es decir. Yo no sé si Pancho estaba buscando ese efecto y se había exprimido intensamente la cabeza antes de decirlo, pero el hecho es que siempre me pareció que me había dado (y esto fue hace más de diez años) una definición infinitamente más elocuente de aquella del significante vacío de Ernesto Laclau. Y ese bien por por su condición mostrenca invita a la apropiación significativa: Perón no era resumible a un fascista ni se dejó resumir a montonero, pero tanto los fachos como la M se lo apropiaron con éxito parcial. El cadáver de Perón quedó postreramente a merced de la apropiación insignificante de dos barras bravas en guerra por el control del territorio del mausoleo.

La risa que provoca la farsa tiene a veces un componente pedagógico. La escenificada ayer tal vez sea la advertencia farsesca de que es mejor dejar a ciertos cadáveres en paz. Que cuando algo se transforma en objeto de codicia para patotas pre o pospolíticas, es —tal vez— porque ha agotado su capacidad de conjugar imágenes de futuro, porque se ha transformado en puro objeto y su veneración (si el aplacarse de la crispación la hace posible) es pura nostalgia.

Un gobierno que se ha desembarazado de buena parte de la vieja liturgia, no sin antes reemplazarla por otra, está dejando pasar la oportunidad servida en bandeja de decir de una vez “no tenemos nada que ver con esto” y de plantearse que el fin de la impunidad debe querer decir mucho más sobre el país que se quiere construir y menos acerca de quién debió ganar la partida sangrientamente perdida hace 30 años. La oposición ayuda, diciendo, a sabiendas de que simplifica o miente, “ustedes son sólo y quitaesencialmente esto”. En la medida en que el gobierno siga hablando por la patética boca de Carlos Kunkel, seguirá rifando oportunidades de no ser lo que el oráculo de la Pitonisa del Chaco dice que terminará siendo.

Algún conspicuo de TP ha deseado, en uno de sus momentos de lucidez implacable, que el gobierno “no termine al servicio de inventar una historia que no fue, para que se ponga al servicio del futuro que se quiere hacer”. Es lo que le falta no sólo al gobierno, sino a todos los que a veces sentimos que las únicas historias que nunca habrá a mano para contar, son las que ya pasaron, sin permitirnos anticipar el placer que podríamos tener en el futuro de contar lo que hoy queda aún por hacer. Habría que pensar que si no le contamos lo de ayer a nuestros nietos, seguro que no nos lo van a recriminar. Y si se lo terminamos contando (aprovechando que Tony Cafiero no va a estar para acusarnos de gorilas), será tal vez porque nada interesante habrá sucedido después. Y eso sería imperdonable.


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Del mismo autor:
Blame Canada
I contrattisti sono così
Prat Guy y Golden Boy

martes, 8 de agosto de 2006

La UBA bloqueada

Universidad|Martes, 08 de Agosto de 2006
OPINION

Ni neofubismo ni restauración

Por E. Decaminada, G. Sosa, M. Zysman y G. Puricelli *

Allá por el primer mandato del presidente Juan Perón, se dio en llamar fubismo a la oposición cerril que la conducción de la FUBA de la época ejercía contra el gobierno, la legitimidad de algunas (sólo algunas) de cuyas razones quedó sepultada por la ignominia de su apoyo al golpe de Estado de septiembre de 1955. El impulso reformista había mutado en un elitismo que aisló por años a los estudiantes de los sectores populares y que hizo que éstos vivieran como ajena una época (posterior) de la UBA, de paradójico florecimiento académico. En nombre de la lectura más cualunquista posible del “que se vayan todos” de 2001, la paleoizquierda actual viene perpetrando una “toma virtual” (como la acaba de definir con perspicacia Francisco Naishtat) de la UBA que lleva al movimiento estudiantil a una situación de aislamiento: se trata del neofubismo.

Esta política obtendría una insidiosa victoria si la UBA y la sociedad que la observa con una mezcla de fastidio y desazón pensaran que de la acefalía forzada se puede salir por el atajo consistente en aplacar a los líderes de la ultraminoritaria facción que se empeña en abolir la democracia en nombre de la “democratización”. Hay un malestar en la UBA, pero nada se logrará confundiendo este hecho, soterrado y persistente, con las convulsiones de los “revolucionarios sin revolución”, según el anatema de Oscar Terán. La UBA se pregunta por su destino en los docentes e investigadores que la abandonan en busca de instituciones más “habitables”, como han resultado ser algunas de las también estatales universidades del conurbano, en la falta de concursos que mantiene alejados a algunos de sus egresados más calificados, en la resignación a la penuria presupuestaria, que ve emerger una ética “pobrista” que termina por justificar el abandono de toda aspiración a la excelencia.

La UBA se pregunta y, pertinentemente, le pregunta al Estado, qué lugar debe ocupar en la definición del destino colectivo de la Nación. La respuesta no vendrá tampoco de sumatorias aritméticas exiguas que consagren a un rector rehén de algunos “barones” que se cobrarán su apoyo en nombramientos. La única respuesta válida es dar lugar a una gestión colegiada que inaugure el tiempo de hacerse en voz alta las preguntas que estuvieron reprimidas durante el inmovilismo que imperó bajo Jaim Etcheverry y a las que algunos quieren dar respuestas idénticas a las del pasado y otros quieren responder echando mano al manual del dogmatismo.

* Respectivamente, consejero superior y consejeros directivos, miembros del Colectivo para la Transformación Universitaria.

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lunes, 12 de enero de 2004

Nos dejó Norberto Bobbio

El país|Lunes, 12 de Enero de 2004
OPINION

Bobbio y la conciencia

Por Gabriel Puricelli*

Para quien ha sido condenado por el tribunal de la historia, que tiene por oficio no ya el de hacer triunfar lo justo sino el de dar la aureola de justo a quien triunfa, no queda otro tribunal al que apelar que el de la conciencia.”

En adelante, la frase de Norberto Bobbio, fallecido el viernes último, será la inspiración para perseverar en la nunca acabada construcción del orden deseado, ese que conjugue igualdad y democracia.

El filósofo italiano eligió dialogar durante toda una vida con otras tradiciones teóricas de cuyo entierro definitivo fue enemigo declarado. La tradición marxista dio en Italia mucho de lo mejor que tenía para dar, pero no sólo porque eligió hacerse carne en los sectores populares sino también porque tuvo un contradictor leal en Bobbio. Al mismo tiempo, en otros lugares del mundo (la Argentina, por caso) los marxistas elegían, por el contrario, encerrarse en capillas en las que no estaba permitida más que una única lectura del Libro.

En Il Manifesto, el diario romano cuyo subtítulo reza “quotidiano comunista”, el pensador Stefano Petrucciani recuerda que la invitación reciente de Bobbio a releer a Marx lo es también a saldar cuentas con la ausencia de una teoría marxista del Estado. En casos como el argentino, esa carencia se hace patente no sólo cuando alguna versión de la izquierda se ve llamada a conducir el aparato estatal, sino en su incapacidad endémica de concebir políticas públicas. En su evocación, Toni Negri nos habla de Bobbio como “el” filósofo de una Turín de los años ‘50 y ‘60 que describe como “capital de Italia”. Luigi Ferrajoli, de cuyas ideas –al igual que de las de Bobbio– se alimentó durante décadas la mejor filosofía del derecho, elige subrayar de éste la idea de que es posible tener derecho sin democracia, pero nunca democracia sin derecho.

Bobbio rechazó la idea del Estado como epifenómeno “superestructural” y concibió la exigencia de poner límites a la tiranía y al arbitrio como una aspiración a preservar más allá de la sociedad burguesa en que ésta naciera. De allí la posibilidad que postuló de la democracia socialista. No reparar en ella llevó a miles de apparatchiks que construyeron un “socialismo” divorciado de la democracia, a una conversión acrítica al capitalismo durante la década pasada.

Bobbio defendió con pasión la distinción irreductible entre izquierda y derecha. Hoy, la demanda de igualdad que distingue a la izquierda es el único bastión desde el que se puede rechazar la homologación mercantilista que se nos propone cotidianamente, con sus consecuencias de diferenciación y disolución societal. Se trata de una demanda cuya pertinencia es inmediata y actual: sólo es deseable el crecimiento económico si se transforma en desarrollo por vía de la redistribución del ingreso.

* Círculo Político-Cultural Enrico Berlinguer.

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viernes, 1 de agosto de 2003

Argentina’s politics shift
in a surprising presidential
election
Without a conclusive electoral mandate, Néstor Kirchner seeks federal-
provincial co-operation and supporters in the new Parliament.
When
Néstor Kirchner assumed the presidency of
Argentina on May 25, it ended a period of profound political
crisis that began a year and a half ago and continued right
through to the presidential election itself. Kirchner’s victory
arose from a series of dramatic firsts in Argentine politics, in
which he “won” the presidency despite placing second on the
only ballot with just 22 per cent of the popular vote. The
leading candidate, former president Carlos Menem, withdrew
from the subsequent run-off election, thereby denying Kirchner
the opportunity to gather a majority of votes and the strong
electoral mandate that he surely would have achieved (see
Table 1). His new administration now faces fundamental
challenges that suggest the political instability may not be over
yet.
Kirchner must deal with his nation’s enormous economic
problems, including the need to strengthen the incipient
economic recovery, combat very high unemployment and
reorganize the foreign debt with private creditors. His
inaugural speech indicates that he will also work to establish a
federal
standard for
the provinces’
educational
systems and
adopt a new
federal-
provincial
revenue
sharing law.
The success of
his ambitious
agenda and his
new administration now depend on federal-provincial
negotiations and the results of further elections over the
remainder of this year.
A crisis begins
The Argentine Republic’s 17-month political-economic crisis
was sparked on December 20, 2001, by Fernando De la Rua’s
sudden resignation as president. His startling departure began
a whirlwind series of events over the course of a week: the
early resignation of a president-elect, which was followed by a
series of four replacements, the suspension of payments on the
public debt and the devaluation of the currency. The political
developments prompted public protests, triggering
governmental repression that caused more than thirty deaths.
There were also millions of pesos in individual losses as a
result of massive looting in large city centres.
3
This violent explosion eventually
gave way to an interim
administration headed by Eduardo
Duhalde, a senator who belonged to
the party that had lost the 1999
presidential elections against De la
Rua. Duhalde’s months in office
were marked by social upheaval led
by the holders of financial fixed-term
notes, originally in American dollars,
that were returned to investors in Argentine pesos
after the devaluation. At the same time, masses of
unemployed people expressed their anger by picketing and
disrupting the country’s roads and highways.
The debt and the provinces
Argentina’s huge public debt presents a fundamental challenge
for any new government. During the previous Menem
administration, from 1989 to 1999, the
debt grew exponentially, a total of 123%,
reaching $146 billion US. And this only
accounts for the federal government debt
– the total debt is much worse. Most of
the 24 jurisdictions that make up the
Argentine federation also have significant
financial problems. Their combined debt
grew during the same period from $15
billion to $37 billion US. This has caused
the International Monetary Fund (IMF) to
scrutinize not only the federal
government’s balance sheet, which is the
only one connected to the Fund, but also those of the
provinces.
The situation is worsened by the absence of a federal-
provincial revenue sharing law, which the 1994 federal
constitution required be approved before the end of 1996.
There has been growing tension between the federal
administration and the provinces because of the distribution of
the fiscal adjustments required by the IMF. Then in 1999, when
the federal government was taken over by a political party that
was different than that which administered the majority of the
provinces, federal-provincial relations were further soured.
During De la Rua’s term, the federal-provincial tensions
created an ongoing, intense competition. The governors,
mostly Peronists, began to provide a more effective opposition
to the Radical Party administration than their party’s own
legislators in the nation’s Parliament.
De la Rua’s replacement by Duhalde, a Peronist, resulted in an
improved federal-provincial relationship, due not only to
matching political colours but also to the improved fiscal
performance at both levels of government brought on by
currency devaluation.
F e d e r a t i o n s
Vol. 3, No. 3, August 2003
Gabriel Puricelli is an economic and political analyst who lives in
Buenos Aires.
Table 1: The vote for president in 2003
Candidate
Party
Vote ( %)
Carlos Menem
Loyalty Front (Peronist)
24.45
Néstor Kirchner
Victory Front (Peronist)
22.24
Ricardo López Murphy Recreate Federal Movement
16.37
Adolfo Rodríguez Saá
National People’s Movement (Peronist)
14.11
Elisa Carrió
Alternative for a Republic of Equals
14.05
Néstor Kirchner, the new
President of Argentina.
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Kirchner and the split in Peronism
Now Néstor Kirchner, one of those Peronist governors, is
moving to Buenos Aires to head the federal government.
Kirchner gained valuable insight running the Santa Cruz
provincial government and understands well the dynamics of
federal-provincial relations. Although he inherits the improved
situation, the redesigned federal political scene raises questions
about the governors’ future behaviour in their relationship
with the presidency.
Peronism, whose candidates have been Argentina’s governing
party almost exclusively since its foundation in 1946, was split
among three candidates during the April 27 election: the
winner Kirchner, ex-president Menem and ex-Governor of San
Luis, Adolfo Rodríguez Saá. This split and the virtual
extinction of Radicalism, the other traditional party, gave way
to an unusually fragmented electoral picture. Only ten
percentage points separated the first place candidate, Menem,
from the progressive representative who placed fifth, Elisa
Carrió. It is too soon to say whether this novel political
scenario will be a permanent change in the political system or
if it is a just a fleeting state. Peronism could easily be reunified
behind the leadership of the new president, or its split could
very well be reinforced with the emergence of three different
parties having strong regional ties. Like never before in
Argentina’s democratic history, the citizens’ voting patterns
produced a
political map
strongly marked
by regional
support for
different
candidates (see
Table 2).
When Menem
decided to
withdraw from the
second round,
originally planned for May 18, it was the first time in the long
history of the ballot system around the world where a
candidate who won the first round pulled out before the
second. His departure was undoubtedly aimed to weaken the
legitimacy of Kirchner’s mandate. Opinion polls suggested
Kirchner would trounce Menem, with between 71% and 79%
of the votes, when his opponent pulled out. Menem’s decision
could mark the end of his long political career, at 72 years of
age, since he cannot harbour serious hopes of being a
candidate again in 2007.
Rodríguez Saá’s case may be different, as he is 10 years
younger than Menem and is not burdened with strong
rejection ratings like those that ended up convincing Menem to
pull out of the race. If Rodríguez Saá retains significant
support, then Peronism will remain divided.
Running a province vs. running a country
Experience in running a provincial government has again
proven itself to be an important career boost for candidates of
Peronist origin: both Kirchner and Rodríguez Saá were
governors when they launched their campaigns, as was
Menem when he ran for the first time in 1989. Unlike other
federal systems, Argentina’s political parties have been
structured from the national level downward. Therefore, each
party’s provincial branches operate as structures from which
one can rise to federal leadership positions. However, this
pattern appears to be weakening, especially in the case of the
UCR, the Radical Civic Union, whose presidential candidate
received only 2.34% of the votes. Yet it still controls the
government in five provinces and provides the only significant
opposition in most of the other districts. Even if this party does
not regain a relevant federal role in years to come, its
provincial presence will most likely remain strong.
Another development that came out of these elections was the
emergence of a new conservative political force, built on the
basis of a confederation of exclusively provincial conservative
parties, which served as a platform for ex-radical Ricardo
López Murphy to obtain 16% of the votes. From a right-wing
minority faction of the old Radical Party, this ex-minister of the
De la Rua administration successfully combined his own
personal appeal to certain sectors of the urban middle classes
with the organization provided by the aforementioned
provincially-based parties.
Changes ahead for the federal government
More changes to Argentina’s political layout are scheduled
after Kirchner’s election. Every two years, there are elections
for one-half of the House of Representatives for a four-year
term, and one-third of the Senators for a six-year term. This
year, elections will be held for one half of the federal House of
Representatives and one third of the federal Senate. In all
likelihood, these elections
will result in two houses of
Parliament that look more
like the sum of the electoral
geographies of each
province, rather than a
genuine federal political
geography. This is due to
the transfer to each
provincial government of
the power to call elections
for the federal legislators
for each electoral district (which in Argentina coincide with the
provinces and the self-governing city of Buenos Aires). This
decision by the 1990’s Menem government sought to transfer
the political results at the provincial level (where Menem’s
party was the strongest) to the federal level, where voting
preferences were becoming unfavourable for Peronism.
Ironically, the concrete effect of staggering electoral dates for
the federal Parliament will surely be the opposite of what large
citizen protests demanded in late 2001 and early 2002. Then
the public’s favourite slogan was “All of you go away”, a
demand for a radical shake-up of the political elite. A series of
24 district elections will make electoral victories for those who
currently control the provincial governments easier.
Regardless of when they are elected, one half of the 257
representatives and one third of the 72 federal senators will
take their seats on December 10, 2003. The outcomes will affect
Néstor Kirchner’s ability to govern his country until the end of
his mandate in December 2007. His relations with the new
Parliament will determine, among other things, how feasible it
will be to impose a single standard of educational quality in a
country with highly different regions and how simple or
winding the path will be toward a new federal-provincial
revenue sharing system. Whatever Kirchner’s strengths and
achievements over the coming four years, neither of his
promises will depend solely on him.
F e d e r a t i o n s
Vol. 3, No. 3, August 2003