martes, 31 de marzo de 2009

Un hombre bueno, un espejo para lo mejor de nosotros



Cada vez que nos provocó admiración, cada vez que nos provocó bronca, supimos que esas reacciones las provocaba su verdadero ser, ese que estuvo siempre a la vista, con sus grandezas y sus limitaciones. Nunca nos obligó a adivinarle segundas intenciones: será por eso que resultó tan difícil reconciliarse con él cuando se equivocó.

La tristeza que se adueñó de nosotros a las 20:30 tiene el tamaño de los momentos con los que estuvo asociado: el 10 de diciembre de 1983 en la Plaza de Mayo, el día de 1984 en que nos sacamos de encima para siempre el fantasma de la guerra con Chile. Presidió ceremonias plenas de un sentido que (no lo sabíamos) le estaba dando (justamente) un sentido perdurable a nuestra vida.

Por eso se nos vienen estas lágrimas a los ojos. Por eso necesitamos saber que nos vamos a acompañar con los mismos con los que nos acompañábamos en aquellas ceremonias cuando vayamos a la última que su cuerpo vaya a presidir.

No hay rencores, Señor Presidente. Hasta siempre.




3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo peor es el amalgama de idioteces que suceden a la muerte. No sólo por la cadorcha de fachos (Escribano) y pelafustanes (Cobos) que lo celebran, así como por los tipos con serios problemas neurológicos que lo analizan (Tenembaum), sino por la descomunal incapacidad del gobierno para asociarse en una tradición política que rescate ese "mejor de nosotros." Digo, hace un año que se está muriendo un tipo que se peleó con los medios, los milicos, la iglesia y el campo... no habría que ser Einstein para saber cómo pararse desde el gobierno frente a ese personaje.
Ernesto Semán

Hal dijo...

Sin rencores ni complacencias. Con nostalgia, sí. Hasta siempre, Alfonsín.

Hernanii dijo...

ernesto querido,
everybody wants a piece of alfonsín, incluido vos, que lo venís kirchnerizando desde hace rato. Cleto dice "Alfonsín soy yo" y vos querés que Néstor diga "No, perdón, Alfonsín soy yo". Same thing.